
Da gusto sorprenderse con una película como la dirigida por Guillermo del Toro (al que siempre recordaré en una entrevista para Días de Cine en la que aparecía vistiendo una camiseta de la imposible Universidad Miskatonic), y además comprobar que ha tenido la suficiente distribución como para llegar a estrenarse en Dublín, y en más de un cine a la vez. Podría glosar la excelente interpretación de Sergi López, pero prefiero centrarme en la historia: Del Toro consigue mantener con soltura el difícil equilibrio entre lo real y lo fantástico, entre un episodio crudo y sangriento de la Guerra Civil y un cuento de hadas al estilo clásico, adolescente, de niña que debe restituir la magia en un mundo perdido. Son dos relatos en apariencia contrapuestos pero que se imbrican en El Laberinto del Fauno. A pesar de que son inevitables ciertos momentos en los que ambas historias apenas se contaminan (como si la niña estuviera viviendo su aventura sólo en la imaginación, sin posibilidad de influir sobre su desgracia real), la película dibuja un punto de encuentro que nace precisamente del conflicto entre realidad y fantasía (quizá entre Mal y Bien, los opuestos que se complementan), siendo la primera oscura y opresora, representada por la dominación franquista, mientras que la segunda es liberadora y proporciona al alma de la protagonista el sentido del que carece su vida.
La dicotomía realidad versus fantasía (a la manera de aquel relato de Bradbury titulado Usher II, donde la literatura fantástica ha sido prohibida por perniciosa) se evidencia a partir de la incomprensión adulta hacia los hábitos lectores de la niña, que se refugia en sus cuentos de hadas como vía de escape hacia otro mundo que en la ficción, valga el juego de palabras, es posible. Lo es porque ella cree en ese mundo, desde luego, pero también porque hay quienes la ayudan a alcanzarlo, quienes en cierto modo también creen en él: los guerrilleros del maquis y, sobre todo, su enlace interpretado por Maribel Verdú. Me tienta ir más lejos en el paralelismo (la República que defendió los libros y por tanto la fantasía, el franquismo que los quemaba), aunque lo haría a riesgo de soliviantar a los espíritus de la apolítica, de modo que pasaré ahora de la trama general a los detalles: magnífico el monstruo con ojos en las manos, original hasta para los más versados en bestiarios; magníficas como siempre en Guillermo del Toro las secuencias más dramáticas, como la muerte del personaje de Alex Angulo o el tiroteo y fuga que salva a la Verdú.
Finalmente, la dicotomía se resuelve con la bondad propia de los cuentos de hadas, pero es una bondad trágica de la que participa la muerte (y esa parte corresponde al realismo de la historia). No me resisto a un postrero apunte que enojará al apoliticismo rampante: los restos de la República salvan a la princesa para que pueda reinar en su mundo de fantasía. Una contradicción tan hermosa como aquella que siempre me acompaña, mi republicanismo yendo de la mano con el gusto por lo medieval, con sus caballeros (militares y señores feudales) y monarcas (El Retorno del Rey). Estamos hechos de contradicciones, qué caramba.
2 comments:
Buen análisis desde la República Global de una película que también me ha entusiasmado. El deseo de la niña (su fantasía) confrontado con la realidad (el embrutecimiento espiritual del franquismo). Sólo unos maquis, casi iletrados pero respetuosos con el prójimo, apoyan a la niña en su visión del mundo. Finalmente, todo acaba de forma trágica, como en la historia real de España. No obstante, permanece el recuerdo de lo que pudo ser...
Inevitable que la peli te conmoviera, un cuento de hadas de republicanos que encarnan el Bien y franquistas que encarnan el Mal (en el sentido clásico, sin matices, de estos términos). Al verla pensé que sólo un extranjero podría hacer algo así; de alguna manera nos apropiamos de los mitos foráneos con mayor libertad que la que tenemos a la hora de leer e interpretar los propios. Con un romanticismo que, desde la propia tierra, puede provocar un cierto sonrojo. Y me confieso reo de esta culpa, en mi acercamiento romántico a otros territorios y su historia y leyendas.
Por lo demás, la peli está bien, factura técnica impecable y blablabla. El monstruo de las manos ojerosas bien podría haber aparecido en Silent Hill, o en cualquier delirio de Clive Barker (esto es un elogio). No encuentro demasiado entrecruzarse de ambas tramas, ni ambigüedad al estilo de "El corazón del guerrero"; para mí todo está clarito desde el principio (realidad-fantasía), y el desarrollo no fomenta dudas al respecto (salvo, quizá, en ese delirante momento final, con el rey-Luppi hablándole a la niña con un acento porteño de caerse de espaldas; ¿han conquistado -también- los argentinos el Otro Mundo?...).
Pero la peli se me quedó en poco, me resultó escasamente conmovedora, y la olvidé poco después de verla (cosa que no pasó, una semana después, con "Hijos de los hombres"). Quizá sea cosa de mis filias y fobias a estas alturas de la vida, que no pasan por ahí.
En cualquier caso, un gusto volver a comentar pelis con vosotros.
Desde el apoliticismo rampante,
J.
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