–¿Qué tal te va en la librería del Opus?
–Grupo Tora –contesté algo exasperado–. Se llama Grupo Tora. No está mal. No me obligan a llevar el uniforme de la empresa, salvo los sábados, ventajas de no atender al público. Reduzco las charlas con los compañeros a cuatro lugares comunes, para no meter la pata. La verdad es que venden de todo, no sólo biblias y hagiografías como sostiene Julio; también novela histórica, best-sellers...
–Bueno, son sinónimos –repuso Adrián.
–Tienen cualquier cosa que puedas imaginar a excepción de El código da Vinci, por supuesto.
–Claro –sonrió–. Estarán muy en contra de ese libro, aunque por razones distintas a las estrictamente literarias, que bastan para despreciarlo y descartar su lectura.
–Según ellos, está repleto de "incorrecciones y falsedades manifiestas".
–Puedo creerlo, a pesar de que lo digan los de la obra.
–Grupo Tora.
–Está bien, como prefieras.
–Su cortado. Y un manchado para usted.
–Gracias –respondimos al unísono.
–El pasado jueves hablé con Julio de un relato que escribí para la factoría. El correspondiente a la tanda de ciencia-ficcion. ¿Lo leíste?
–No creo. Lo siento. Tenía el tiempo justo para mantener el blog, apenas pude leer algún relato.
Me pregunté quién demonios visitaba el blog, si ni siquiera lo hacíamos los responsables de su contenido.

–No importa, tengo una copia aquí –dije, sacando unos folios doblados de entre las páginas del cuaderno. Cuando lo mostraba en presencia de mis amigos tenía la sensación de estar accionando los resortes de una caja de Pandora particular. Según el mito, cuando Pandora abrió uno de los regalos enviados por los dioses para su boda con Epimeteo, todos los males del mundo escaparon del receptáculo y se esparcieron sobre la Tierra, quedando la esperanza en el fondo de la caja. Quería creer que aún hubiera algo de provecho en el interior de aquellas hojas encuadernadas en espiral–. Se supone que Julio lo ha leído durante la semana, así podemos comentarlo en cuanto llegue. Son cinco minutos.
–De acuerdo.
Adrián se distinguía por su buena voluntad. Una persona paciente y obsequiosa, aunque podía ser un gran cínico cuando se lo proponía. A diferencia de Julio, nuestro común amigo no prestaba tanta atención a mis asuntos literarios, sospecho que si lo continuaba haciendo era por pura cortesía. Aun así sus opiniones eran bienvenidas y ayudaban a sostener la ficción de que alguno de nosotros llegara a convertirse en escritor profesional. Puso los folios junto al café, a riesgo de mancharlos, y se frotó los ojos para desterrar el cansancio. Empezó a leer.
–Me gusta –afirmó al cabo de no cinco sino siete minutos–. Tiene ritmo y consigue transmitir la atmósfera de ese mundo agobiante y agonizante por el acelerado transcurso del tiempo. La idea es buena pero el desenlace muy brusco. Este relato tiene más posibilidades, no las eches por tierra por buscar un final tan directo.
–Totalmente –era la expresión favorita de Julio para expresar su completa sintonía con lo dicho justo antes. Había llegado durante la lectura de mi amago de cuento, en silencio y sonriente al ver a Adrián enfrascado en los folios salidos del cuaderno. Su gabardina colocada sobre una silla vacía, jugueteando con el móvil encima de la mesa. Derrochaba arrojo y entusiasmo. El jueves era el mejor día de la semana para Julio: todavía lejos del fatídico sábado de emisión, se citaba con nosotros y luego con Arturo. Llegaba por tanto con un punto más de elegancia sobre lo corriente: pantalones de pinzas y suéter de cuello alto, excesivo para el otoño. Pero el cuello, demasiado espigado en un cuerpo menudo y ligero, era lo que más le incomodaba de su acendrado aspecto físico. Así que trataba de ocultarlo para realzar su cara bonita, que realmente lo era: un rostro atezado por el sol de la infancia en el sur, sus rasgos suaves encuadrados por el pelo negro y largo hasta el nacimiento de los hombros; una media melena casi femenina, que buscaba la androginia–. Por suerte nuestro amigo ya ha pensado en continuar escribiéndolo, ¿verdad?
–Sí, en efecto –fue mi obvia contestación–. Omití decírtelo para no contaminar tu dictamen, Adrián. Tengo intención de ampliarlo hasta llegar quizá a las dimensiones de novela corta.
–¿En serio? No sé si dará para tanto, sinceramente.
–Mi propósito es partir del personaje principal y hacer más lento el acabamiento de sus costumbres, basadas en la segmentación del tiempo. El personaje tendría que ir cambiando a medida que se fractura su realidad, pero no de forma tan violenta como en lo que habéis leído. Además, quiero unir la trama al calentamiento global del planeta, que no deja de ser un proceso de lenta pero inexorable destrucción de nuestro mundo.
–¿De qué manera piensas introducir ese tema? –preguntó Adrián, interesado de repente. Tenía costumbre de informarse en revistas especializadas y en Internet acerca de investigaciones y avances científicos de toda clase. Según aseguraba, tal hábito formaba parte de la misma afición por la ciencia que lo había llevado a estudiar ingeniería para acabar ganándose la vida como informático autodidacta.
–Puedo esbozar un mundo con las actuales ciudades costeras anegadas y abandonadas a causa de la subida del nivel del mar, con desastrosas consecuencias sociales y económicas y unos pocos habitantes resistiendo en los núcleos urbanos restantes, fortificados para impedir el acceso de las aguas. La clave estaría en presentar el calentamiento global como causa de la aceleración del tiempo, a través de un descubrimiento científico determinado. Por ejemplo, he leído que un experto en el Círculo Polar Ártico ha observado que, como resultado del efecto invernadero, está dejando de crecer las masa interior de hielo que hay en el Polo Norte.
–Sí, yo también lo he leído –afirmó Adrián.
–La cuestión sería imaginar que el Círculo Polar Ártico desaparece, se vuelve navegable, y en su punto central queda al descubierto, sobre las aguas, un enorme artefacto esférico que vendría a ser la máquina que permite que el tiempo transcurra tal y como ha transcurrido siempre. Desprovisto de su caparazón de hielo y expuesto a la intemperie, el artefacto se está descomponiendo hasta llevar al planeta a su colapso.
–Eso entra en el terreno de la ciencia-ficción más clásica –intervino de nuevo Adrián–. Te daría ocasión de hablar sobre el impacto del hallazgo en la sociedad: es la prueba de la destrucción del tiempo y también puede ser su remedio si el artilugio es reparado. Por otro lado te permitiría especular sobre la naturaleza de la Creación: si el tiempo es una máquina, alguien debe haberla fabricado y puesto en marcha.
–He pensado en otro protagonista, situado en paralelo al funcionario y como antítesis suya. Sería un explorador, el primero que consigue navegar hasta el núcleo del Ártico, y por tanto quien descubre el artefacto. En una época de caos y desesperanza aún existirían personas dispuestas a arriesgarse en el humano afán de alcanzar lo desconocido. Como ahora, que nos empeñamos en conquistar Marte gastando millones en la carrera espacial, mientras abandonamos la Tierra a su suerte. Pero en este caso se trataría de una temeridad individual, la expedición de un hombre y su tripulación rumbo a lo incógnito. Me he dejado inspirar por un personaje de Mary Shelley, el que rescata del hielo y de la locura al doctor Frankenstein.
–Ah, eso me lleva a La fuerza de su mirada, de Tim Powers, su magnífica recreación de las terribles peripecias que rodearon la vida de Byron y de los Shelley y del grupo de los románticos. Nunca leí una novela que integrara mejor lo histórico y lo fantástico. Aunque la trama no tiene nada que ver con la tuya, claro está.
–A mí la parte inicial, la que has escrito por ahora, me recuerda a las alegorías de Saramago –terció Julio, callado hasta el momento–. Él sí consigue convertirlas en novela con su peculiar enrevesado estilo. Tiene un relato de unas cuarenta páginas sobre una sociedad distópica en la cual los objetos van desapareciendo, se esfuman en la nada: primero cosas insignificantes, triviales; luego carreteras y edificios enteros.
–Saramago resulta un tanto pesado –objetó Adrián–. Me costó mucho terminar su Ensayo sobre la ceguera. Aunque el libro es brillante la lectura se hace eterna, abrumadora. No he vuelto a leer nada suyo.
–Deberías intentarlo con el libro de cuentos del que os hablo. Hay otro sobre un conductor que se queda atrapado en su automóvil, en medio de una crisis energética que ha dejado al país sin reservas de combustible. El coche cobra vida propia y le conduce donde quiere. Es divertido y terrible a la vez.
Los cafés se habían agotado y la música amenazaba con ahogarnos. Teníamos entendido que las actuaciones eran los viernes y sábados, pero por alguna razón esa semana se ampliaban al jueves. La banda estaba afinando su jazz, me pareció que interpretaban el Blue Monk de Thelonious Monk. Al compás del piano las mesas se llenaban de bebidas y el ambiente de la agitación propia de las noches del Central: parejas entrando de la mano en el local, círculos de amigos sentados en corro, los dedos sobre el cristal de las copas siguiendo el ritmo del ensayo. Los camareros no tardarían en exigirnos el suplemento para asistir al concierto. Nos fuimos con nuestro ruido de palabras a otra parte, a una cervecería en la muy próxima plaza de Santa Ana. Por el camino arreció la polémica sobre Saramago, denostado por Adrián y elogiado por Julio. Al fin un litigio que llevarnos a la boca después de mucho tiempo de mutuo acuerdo aun con matices. De Saramago, entre cañas y vinos y tapas, pasamos a la controversia política de Syriana y el raro talento de George Clooney como paladín de las izquierdas, encendida ya la mecha de las disensiones en el trío. Fue agradable y estimulante, como en los viejos tiempos: Adrián consiguió olvidarse de los sinsabores del trabajo y casi también de regresar a casa, mientras Julio hizo esperar más que nunca a su Arturo. En lo que a mí respecta, en fin, tuve que aguardar a otro día para volver a hablar de mi relato o novela o lo que quiera que fuese.
Final de la quinta entrega.
3 comments:
Retratas perfectamente la ingenuidad post-adolescente que nos caracterizaba en nuestras tertulias literarias. Por otra parte, también empieza a apuntar el desencanto en algunos personajes que intentan mantenerse fieles al espíritu del grupo pero encuentran dificultad para ello. Lo que no sé es si compartes que todo aquello era bendita y pura ingenuidad o si crees que era algo más. Sería bueno charlar sobre ello.
Ánimo, el relato va en la dirección adecuada. Lo seguiré con toda mi atención.
Vale, ya nos has mostrado ligando-no ligando, y hablando de literatura en plan batiburrillo. Ahora sólo falta que describas una partida de rol... ¿Seguiremos desbaratando los planes del Gran Cthulhu en este what if matritense?
Por otro lado, veo los hechos, pero no las interpretaciones... Hasta ahora sólo "actuamos", pero no reflexionamos sobre lo perdido, lo salvable... Me falta dolor.
Húrgate en la herida. O te tendré que hurgar yo...
(Sí, es una amenaza ;-P)
"No hay dolor, no hay dolor" (Ugarte dixit).
Tranquilidad que ya llegará la amargura, todo a su debido tiempo. De todas formas ya sabes que tiendo a las crónicas generacionales del buen rollito, y lo de bordear zonas de dolor (painful!) suele ser cosa tuya. No obstante, estoy tratando de enmendarme (llamémoslo madurez).
Nos leemos...
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