Monday, November 27, 2006

Café Central IV


Cansada de buscar entre los vinilos, miré hacia la puerta mientras caminaba hasta la sección de discos compactos. Entonces entró él, haciendo sonar la inútil campanilla que colgaba sobre la entrada a la tienda. En un establecimiento de tan reducidas dimensiones no tenía sentido el sonido de aviso, a menos que formara parte de la decoración, retro como el propio hecho de saldar vinilos. Carteles de cine clásico llenaban las paredes. Nada más entrar, se situó un instante bajo Tener y no tener, casi tocando a Lauren Bacall. Al primer vistazo no parecía muy atractivo, tampoco al segundo. Cuando un minuto después nuestros ojos se cruzaron me sentí intimidada por la inteligencia que desprendían. Había horas y horas de conversación en aquellos ojos: sobre música, por supuesto, también sobre libros y sobre soledad. Su mirada tenía la calidez de la trinchera que resguarda del exterior y de la vida. Vestía con suficiente gusto para conjuntar colores y tejidos y marcas: camiseta azul marino ceñida de Springfield sobre suéter negro abierto de Zara, pantalones oscuros y zapatillas igualmente negras pero silueteadas de rojo; la única nota discordante, junto con sus gafas. Las gafas resultaban superfluas, excesivas, de pasta color celeste como pretendiendo enmarcar su pose de joven intelectual discípulo de Savater. Sin ellas podría gustarme, lo primero sería obligarlo a usar lentes de contacto. Entradas en el pelo moreno y corto, muy corto. Estatura media, espaldas anchas de quien hace o ha hecho deporte; el gesto tímido en su saludo al dueño de la tienda. Pasa tras de mí mientras sujeto un disco de Coldplay que levanto hacia él. Sé que me mira y sonríe cuando ve la portada de Parachutes. Toquetea los discos como pasando los dedos por un piano, con suavidad me muestra a Prince posando junto a la Sagrada Familia. Al igual que yo, sabe que es un álbum cargado de erotismo; es un chico listo, atrevido en su timidez. Me siento envuelta en una coreografía de pasos de baile disimulados en el intercambio de señas contenido en los discos. Entonces ocurre: me giro y al fin se cruzan nuestras miradas. No soporto esas gafas pero adoro sus ojos, de un negro pálido que juguetea con el castaño, intensos, precisos. Me disecciona con la urgencia que escapa del deseo. Inicio una sonrisa con la que conjurar su nerviosa inmovilidad, una sonrisa que se escapa en cuanto recibí un toque en el móvil. Era mi chico, esperándome junto a los cines Ideal. Vamos a ver Buenas noches y buena suerte en versión original subtitulada. Tengo que irme.
De esta manera evoqué y puse por escrito mi fugaz encuentro con la que, en ausencia de nombre, bautizaremos como "la chica Coldplay". Situé en su mente lo que en realidad pasó en la mía, y supuse un interés mucho mayor del que a buen seguro ella concedió al mítico cruce de miradas. Decidí entrar en el local de La Metralleta, venta de discos de segunda mano a pocos metros del Central, por el sencillo placer de perder el tiempo, sin intención de adquirir disco alguno. Haciéndome pasar por uno de los numerosos no-clientes que he tenido en mi carrera de librero: entran, echan un vistazo, hojean un par de libros, y se marchan con un breve adiós a modo de disculpa. Lo de los discos ocurrió tal cual, aunque confieso que antes de pasar junto a ella me detuve a la altura de la antología de AC-DC, nada apropiados para la ocasión. No hubo llamada de novio impertinente que acabara con la escena, su final sólo se debió a mi inveterada incapacidad para articular palabra. Tras la mirada se volvió hacia el estante de Coldplay y acabó comprando el disco que me había mostrado segundos antes. Al tiempo que pagaba yo me debatía entre abordarla o no, cualquier pregunta estúpida sobre el grupo inglés hubiera bastado. Pero la dejé marchar, como acostumbro a dejar pasar las mejores oportunidades, que son las que no se consuman y sólo perviven en la imaginación. A tan poca cosa se reducían mis limitados escarceos con el sexo opuesto, siempre proclives a prestarse a pasatiempos literarios como el anterior, en los que jugar con las identidades y los anhelos y los tiempos verbales. En mi primer año como residente en Madrid todo intento galante quedó resumido en las cinco letras (o seis, a juzgar por su dirección de correo electrónico) de mi querida Elena o Helena, amiga de unos amigos con la que sí llegué a ir al cine, al menos, aunque no fuera a los de versión original. Nos conocimos en una fiesta de cumpleaños que terminó en la sala Morocco a las siete de la mañana. Bailamos mucho. Si hay algo que reduce a añicos mi proverbial timidez hasta hacerme parecer otro es justo esto: bailar. Su cuerpo era estupendo, tanto como sus ganas de gustar y su pasión por sentirse el centro de nuestra codicia. Bailó con todos y con ninguno. En un arranque de destreza poco común en mí, al día siguiente me las ingenié para conseguir su número de teléfono, del que hice uso esa misma tarde tras superar las muchas dudas que no me habían impedido obtenerlo. Primero quedamos para ir juntos a la marcha del Día del Orgullo Gay, idea mía más bien peregrina aunque idónea para danzar de nuevo al son de su cuerpazo y, de paso, dármelas de chico con talante progre. Ella no paró de tirar fotos, alegre en su propósito de capturar el colorido y la provocación del desfile. Yo no quería dejar de observarla. Hablamos con esa mezcla de tacto e interés propia entre dos personas que acaban de conocerse. Apenas mencionó mi atrevimiento para obtener su teléfono. Se acercaba el verano de 2006, intercambiamos planes para las próximas vacaciones. Me reveló que no tenía pareja desde que meses atrás acabase una complicada relación a distancia. Empecé a considerar seriamente la posibilidad de hacer un viaje juntos. Nos reímos al ver pasar a un grupo de falsos curas y monjas y obispos llevando bajo palio una carroza montada por transexuales. Helena propuso algo sobre viajeros que se organizan en foros de Internet: en jeep por Marruecos y el desierto, en barco por las islas del Egeo. Al llegar a Colón hicimos un alto en el recorrido para tomar un helado, la plaza llena de gente y de fiesta. Mi aparato medidor de quimeras había superado su capacidad y estallado en pedazos que caían a mis pies como en una lluvia de estériles marionetas. Abusé de lirismos, traté de impresionarla, insistí en el viaje hasta dejar mis intenciones en translúcida evidencia. Ella apuró su helado mirándome, en silencio, otorgando su indulgencia, menos incómoda que halagada por todo cuanto yo decía. Hablé demasiado, luego quise haberme tragado las palabras junto con el sorbete de limón, dulce y ácido a la vez. El asunto quedó en el aire: Elena introdujo serias dudas sobre su solvencia económica (había caído en la trampa de hipotecarse en Madrid) y me pidió calma después de la tempestad. Nos despedimos en medio de la multitud que se agolpaba alrededor del escenario para escuchar las proclamas y reivindicaciones de los colectivos convocantes. Un casto beso en cada mejilla, unos dedos que habían dejado de entrelazarse minutos antes, y un ya te escribiré cuando mire lo del viaje.
Pero he dado un salto de tres estaciones, tendrán que dispensarme. Todavía estábamos en el otoño anterior: un jueves cualquiera, saliendo de La Metralleta y bajando la calle hacia el Café Central. Caía la tarde, el Sol templando los bancos de la plaza Santa Ana y coronando la fachada del teatro, aún temprano para la llegada de Adrián y Julio: tiempo suficiente para hacerme pasar por aquél y pedir un cortado (luego habría ocasión para el manchado de rigor) y tomar nota del episodio de la chica Coldplay. Desenfundé el cuaderno que suele acompañarme como muleta de mis ambiciones, y apunté en él lo sucedido pasándolo por el filtro de la literatura, antes de que la inspiración se diluyera con el azúcar. Al levantar la cabeza, sintiéndome observado, comprobé que otro cliente miraba con sorpresa tras el embozo de su periódico. No es habitual ver a nadie escribir en un cuaderno. Quizá sí en el envés de un sobre, que sugiere improvisación; en un ordenador portátil o en una agenda electrónica, que derrochan tecnología. No en un cuaderno, que sólo sirve para tal propósito: escribir, tal vez dibujar. Lo llevo por su simple función práctica, desde luego, pero no negaré que también entra en juego un cierto elemento de distinción. Que lo miren así a uno cierra la ecuación de lo pretendido al tomar notas en público: si no se es escritor, al menos lo parece.

Final de la cuarta entrega.

7 comments:

Julio Abelenda said...

Jarl, tenías razón, no hace falta que haya un personaje para cada uno para sentirse identificado en éste o aquel detalle (incluso íntimamente identificado...). De esta entrega me gusta lo llena de vida que está, y la simpatía con la que trata ese viejo enemigo común al Conciliábulo -esa némesis que nos atormenta desde tiempos inmemoriales-, resumido en la frase de Loquillo: "mis problemas con las mujeres" (perdón por la puerilidad). Problema del que, por cierto, uno de nuestros miembros escapó por la vía de... ¡¡¡casarse!!! ¡¡anatema!!

Ejem, retomo... Pues sí, me gusta la mezcla de torpeza proverbial, sublimación y jugueteo literario, y ocasionales muestras de arrojo que nos hacen pensar, tras el momento de lanzarnos, algo así como "pues mejor me la habría enfundado"... Y es que si hay algo que une a un grupo de "tíos" es el infortunio sentimental. Por desgracia, hasta esto parece cosa del pasado.

En fin, un abrazo y tal.

Agustín Lozano de la Cruz said...

Me encanta saber que conectas, incluso íntimamente (!), con esta aventurilla literaria, tan diferente de la anterior (aunque no tanto como parece, supongo). Da la impresión de que ahora que me he puesto con este asunto, casi todo tiene que ver con ello, y el cierre del Izaro es un claro ejemplo. Parece cierto que empezamos a tener una edad en la que la nostalgia se convierte en compañera de viaje, y el tiempo pasa tanto que hay quienes hasta tienen hijos. Pero invocar el pasado también es una forma de mirar al futuro, y lo digo sin subestimar las connotaciones políticas de la frase (por mucho que se haya quedado en el camino, sigo siendo un rojo incorregible, qué caramba).

Termino, al hilo de la última reflexión, con un verso de Angel González: "Supimos perder para no darnos por vencidos".

Anonymous said...

Entrega llena de vida y entusiamante. Esta SÍ es nuestra historia. Chicos tímidos y bienintencionados, con ínfulas intelectuales, tratando de hacer realidad la poesía que llevan dentro... y mujeres que nos demuestran una y otra vez lo tozuda que es la realidad a la hora de no dejarse ni rozar por el deseo. Sigue por este camino, explorando lo que importa, la materia de la que está hecha realmente nuestra historia: amistad, inadaptación, idealismo, fracaso... en fin, literatura.

Anonymous said...

Tened en cuenta que de chico tímido a loca promiscua hay sólo una paso

Anonymous said...

Tened en cuenta que de chico tímido a loca promiscua hay sólo una paso

Julio Abelenda said...

Totalmente de acuerdo, mister tiger... Sólo hay que verme en el curro, revoloteando de cajetín en cajetín para regocijo y alborozo de mis compañeras, que reverdecen en donosura y lozanía ante mis galanteos de engatusador profesional... Quién lo hubiera dicho, cuando le hurtaba mis labios a la fémina que los buscaba (ofreciéndole, eso sí, la otra mejilla), o cuando me encogía (ejem) ante la dulce dama que se recostaba contra mí (que obtenía, eso sí, un casto beso en la frente). Los tímidos no deberíamos nunca dejar de serlo, leí en alguna parte. Al fin sé por qué.

Agus, estás autorizado a usar lo arriba expuesto. Sin citar nombres, no hace falta decirlo.

Agustín Lozano de la Cruz said...

¿Puedo, de verdad que puedo? Jeje... intentaré no ser tan excesivamente explícito en mis referencias, perdería cierta gracia y siempre habría algún riesgo de malentendidos y suspicacias.

Anyway, seguiré basándome en la realidad.

PD: Al señor Tigretón: extiéndase usted en sus comentarios, caramba, no se corte, expláyese sin ambages, que aquí hay para todos y para todas (a ver cuando echamos unas canastas, tío).