Wednesday, December 12, 2007

Mudanza

Estimados lectores:

Si alguien desea seguirme la pista, me encuentro promocionando mi primera novela publicada en http://www.guerrahadehaber.blogspot.com/.
Además, estoy en el blog colectivo Ќ, al que podéis acceder a través de la dirección http://www.tertulia-odk.blogspot.com/; y en su gemelo dedicado al juego literario Ǽ, a su vez accesible en http://www.juegos-odk.blogspot.com/.

Un saludo.

Wednesday, June 27, 2007

Despedida y cierre



Llega el momento de decir adiós a Irlanda desde esta bitácora, después de 13 meses de vida en la Isla Esmeralda y, en paralelo, de otros tantos de existencia en la red de redes. Quedan apenas dos días para regresar a Madrid, son días de despedidas, de reuniones con amigos a quienes no se sabe si se volverá a ver, envueltos en una bruma de incertidumbre que la lluvia recoge para hacerse presente y recordarnos que, en Irlanda, el tiempo desapacible es menos una circunstancia que una tragedia. Una realidad opuesta al tórrido verano peninsular, y que tiene su contrapunto en cómo obliga hasta a los propios irlandeses a salir de su isla en busca de otros territorios. A los que se quedan, invita a admirar su verdor, imposible sin la lluvia, y tal vez a escribir, ejercicio introspectivo y casi obligado que explica la profusión de grandes literatos, sin duda proverbial, a la fuerza ahorcan. Escribir ha sido la mejor y mayor tarea de este año, y el presente blog, su reflejo.

Es el momento también de los agradecimientos, no sólo a Sara, sin ella esta aventura no hubiera tenido lugar ni siquiera en la imaginación. Asimismo a quienes han tenido la ocasión de rendirnos visita, de pasar por aquí como turistas privilegiados y acompañantes de la soledad compartida de las islas. A los que han dedicado algo de su tiempo a navegar por esta singladura electrónica, dejando (o no) su parecer en forma de anotaciones al margen. En especial a mis dos queridos colegas, compañeros de armas y letras, que han ejercido aquí como tales y con asiduidad, haciéndome sentir más cerca de todo aquello que siempre nos ha unido.

Quizá esta República Global tenga continuación en algún otro proyecto virtual (ya se sabe: Repúblicas, al menos, ha habido dos), pero por ahora se cierra en la medida en que lo hace el motivo que dio lugar a su fundación, que no es otro que el periplo irlandés. Aunque, por supuesto, nos seguimos leyendo: vaya por delante y como colofón, el Vuelvo a Madrid de Isma, que es también un extracto de mi estado de ánimo.

Hasta luego. See ya.

P.D. Café Central seguirá estando disponible por entregas (o en su totalidad, si alguien se atreve) para cualquiera que me lo solicite, a la espera de que siga siendo publicado en otra bitácora o, quién sabe, en algún soporte más tangible...

Vuelvo a Madrid



la canción es de Ismael Serrano. La foto es del directo de Aerosmith en Marlay Park, Dublín. Nada que ver... pero es que estuve anoche allí, ¡oiga!


Agárrate de mi mano,
sabes que no aguanto los aterrizajes.
Desde lo alto distingo,
entre un mar de luciérnagas,
mi pequeño barrio.
Amores canallas estarán cerrando,
puntuales, los últimos bares.
Tocamos la tierra.
Ay, niña, te estrujé la mano.
Lavapiés nos recibe,
fruta de narguile,
explosión de color.
Una mujer reza y llora desde un locutorio.
¿A quién se le ocurre
vivir tan arriba
sin un ascensor?
Malditas maletas.
Pienso en la mujer.
También lloro.
Soy afortunado.
Yo siempre vuelvo a Madrid.

Escucho mensajes:
los viejos colegas de la facultad
hicieron la fiesta de la primavera
y yo, como siempre,
me la perdí.
Ciudad de mis noches,
del viento del pueblo,
de la resistencia,
del No pasarán,
¿qué hiciste en mi ausencia?
Dime que te acordaste de mi.
Abro los balcones,
te beso, el murmullo de las lavadoras
se mezcla con ritmos,
darbukas, bachatas e incienso.
Maldita ciudad, no es tu mejor momento
y aún estás hermosa.
He de confesarte que te eché de menos.
Agarro la guitarra
y canto para ti.
Qué bueno estar en casa.
Vuelvo a Madrid.

Tuesday, June 05, 2007

Café Central XI


–Te explico: Natalia es guionista como yo. Sí, la que está sentada al lado de la puerta, alta y fibrosa, se parece a Charlize Theron. Le he dicho mil veces que se tiña de rubio y sería idéntica a ella, pero nada. Es un encanto. Enfrente suya Alicia y Noelia, también morenas, pelo largo la primera y muy corto la segunda. Son nuestras dóciles semibecarias, primer contrato tras finalizar los estudios. Su tarea principal es contactar con los invitados. Pobrecitas, aspirando a hacer currículo para luego dedicarse a algo serio en informativos, en prensa... En fin, que están en la primera etapa del desvanecimiento de sus ilusiones, proceso que sus compañeros ya hemos recorrido cumplidamente y de cuya existencia no queremos advertirlas, llevados quizá por la ingenua bondad de no despertar al soñador, o más bien por evitar un nuevo tedioso proceso de selección de personal. Pero Alicia no es tonta, ayer mismo dijo que su esclavitud de meras telefonistas, desperdicio de años de carrera, siempre la desempeñan mujeres, mientras que los puestos creativos están en manos masculinas. Yo le di la razón, para luego añadir que al menos ellas no tienen que estrujarse el cerebro para diseñar una pelea verbal entre, en el mejor de los casos, un cantante de boleros cornudo y el representante cocainómano de la ex mujer del primero, también cocainómana a la sazón. Y bien pensado, Natalia es mujer, menuda hembra, y ha llegado a guionista. Seguimos: a Cristina y a Roberto ya los conoces. Se rumorea que están liados. No me extrañaría, sólo ellos pueden tener estómago para aguantarse mutuamente. Exacto, todos venimos del equipo de Segundos fuera. Queda Guillem, el productor. El del fondo, junto a Cristina. Sí, es catalán. Te gustará, es un vicioso de los juegos de mesa. Dice que conoce El Baluarte. Y aquí viene el señor director, tiene más pluma que yo. Espera que te lo presento.
Después del torrente verbal, que asimilé con esfuerzo y con el cuaderno dispuesto para labores mucho más prosaicas de lo habitual (comencé las anotaciones por su última página, no fuera a contaminar las primeras), Julio me hizo dar la mano al director del programa, un tal Nicolás Pandero. Parecía tratarse de toda una personalidad en el mundo televisivo, aunque nada conocido fuera del mismo, ya que no suelen trascender más que los nombres de quienes aparecen en pantalla. Enseguida insistió en que lo llamara Nico, propiciando esa falsa familiaridad que buscan algunos jefes sobre sus subalternos. En efecto era un gay bastante afeminado, sin rayar en el escándalo pero indudablemente homosexual: bien parecido en sus eternos trajes de diseño, pelo puntiagudo y engominado, relojes caros, maletín de cuero que a juzgar por sus movimientos pendulares de colegiala debía estar semivacío. Fuimos tras él hasta la amplia sala donde nos aguardaban para celebrar una reunión de contenidos, la primera de una larga serie de mítines que formaban parte del ritual diario de la redacción: el equipo al completo en torno a una mesa oval discutiendo los pormenores del próximo programa o de cualquier otro asunto, por nimio que fuera, que justificase una reunión. El aire siempre cargado del humo de los cigarrillos fumados compulsivamente, con mayor frecuencia cuanto más cerca estaba de entrar en vigor la ley antitabaco. Al grito de "aquí tenemos a nuestro documentalista", Julio tomó asiento reservándome una silla a su lado. Una vez estrechadas dos manos y recibidos cuatro besos, hice lo propio y coloqué el cuaderno sobre la mesa, atento a lo que se dijera. Confieso que más por guardar las apariencias que por desconfianza hacia mi memoria: no me hacia ninguna gracia manchar el cuaderno con lo que allí se tratara, siquiera su envés. De hecho, si lo llevaba conmigo era por despiste, ocupando el lugar del bloc que había dejado irónicamente sobre la televisión. Por el momento, y a la espera de hacerme con otro bloc o unos folios en blanco, sólo había tomado nota de los nombres y responsabilidades de cada cual, en una disposición que me recordaba demasiado a mi modo de esbozar el dramatis personae de las historias que escribo.



–Buenos días y bienvenidos a la redacción de Quiero ser como Juancar –comenzó el director. Ante las sonrisas cómplices, añadió–. El título va a ser éste, es definitivo. Ya hemos lanzado una falsa encuesta por sms para que el público decida el nombre, así que está cerrado. Me ahorraré los formalismos, puesto que todos nos conocemos de sobra, salvo en el caso del joven documentalista –ya empezamos con los distingos, pensé–. La dinámica de trabajo será la misma que en Segundos fuera: programa semanal en directo, tema en función de los invitados, atentos a la competencia por si hay que contraprogramar con algo más fuerte. Eso sí, cambiamos el formato: un solo invitado, vamos a tener siempre en plató a Cristina como entrevistadora, y Roberto compaginará su labor de conductor aquí y en Segundos fuera. Nuestro target es arrastrar a los mismos espectadores y, si la cosa marcha, incrementarlos. Para ir sobre seguro ya sabéis que emitimos la noche de los lunes, el día que descansa Un mundo feliz que es nuestro máximo rival. He prometido a la dirección de la casa que en cuanto tengamos rodaje pasaremos al martes para competir directamente con ellos. De modo que atentos: hay que salir con buen pie y luego ir escalando posiciones. ¿Alguna pregunta?
–¿Vamos a hacerlo en tono de comedia, o en plan duro? –inquirió Roberto Rodríguez. Al natural seguía irradiando una especie de inodoro hálito de putrefacción que le rodeaba siempre y le hacía particularmente desagradable a mis ojos. Tendría que ver con su cara picada o con la sonrisa impostada, o con la combinación de ambas. Además fumaba sin descanso, rivalizando con Cristina y el director en número de paquetes diarios.
–De entrada lo primero y, según vayamos avanzando, giraremos hacia lo segundo. En todo caso no vamos a hacer sangre con la casa real, sólo con lacayos del estilo del chofer Loarre, que como sabéis será quien abra el programa.
–Pero la cosa salpicará a la Zarzuela, queramos o no –apuntó Guillem. Su acento catalán era por completo inmune al disimulo, con una tonalidad tan cerrada que resultaba cercano a la parodia. Y eso que, según Julio, llevaba años en Madrid. Me dio la impresión de que, lejos de suavizar el acento, lo acentuaba como signo de excepción.
–De eso se trata. Entendedme bien, no estamos aquí para buscarnos pleitos con la monarquía, lo que quiero decir es que el morbo del programa se fundamenta en hablar de lo prohibido. El público está saturado de famosos y grandes hermanos en televisión y de porno en Internet, de modo que hay que ofrecerles algo nuevo.
–Totalmente –intervino Julio.
–Mi madre y mi abuela son monárquicas de toda la vida y están nerviosísimas con este programa. Por un lado me dicen que es un atrevimiento, que cómo se nos ocurre, pero en el fondo no pueden esperar a verlo.
–Justo lo que perseguimos –respondió el director a las palabras de Cristina. Alicia y Noelia, en cambio, cumplían con su papel de novatas y no parecía que fueran a abrir la boca durante la reunión de contenidos. Yo tampoco.
–Para mí Quiero ser como Juancar tiene bastante recorrido –era el turno de Natalia Buendía. Me costaba apartar la vista de ella, una de esas raras inalcanzables bellezas que pocas veces tiene uno la suerte, o será maldición, de encontrarse a lo largo de su vida. No se parecía demasiado a la actriz que decía Julio, en realidad creo que eran la singularidad de sus rasgos lo que, paradójicamente, hacía pensar en semejanzas inexistentes–. La casa real es un tema tabú en España, hay mucha tela que cortar.
–De todas formas yo os pediría prudencia –terció de nuevo el director–. Vamos a caminar por el filo de la navaja todo el tiempo, si nos pasamos de listos alguien en las altas esferas levantará el teléfono y se acabó. Llevo toda la semana haciendo la pelota a los de arriba para que nos den manga ancha.
–Eso lo tenemos claro –dijo Cristina. Elevó la voz como si quisiera hablar en nombre del conjunto de la redacción.
–Un amigo me comentó que estamos condenados a morir de éxito, y lleva razón –Julio San Sebastián a la carga–. Si nos pasamos de la raya acabarán con el producto. En caso contrario, suponiendo que logremos gran audiencia aun sin llegar demasiado lejos, pasará lo que pasa siempre: pondremos de moda los programas sobre el tema, y en el momento en que proliferen los imitadores alguien tomará cartas en el asunto.
–No querrás desanimarnos, Julio –dudó Roberto.
–En absoluto, todo lo contrario. Lo que pretendo es señalar que lo tenemos que hacer muy bien para aguantar el máximo tiempo posible. Cuanto más audiencia tengamos y más se ponga de moda, más dificultades tendrán para acabar con nosotros.
–Bien, estoy de acuerdo –terminó por afirmar el director–, pero recordad: sed prudentes, no vayamos a llegar al final antes de la cuenta.
Se levantó la sesión y cada uno de nosotros fue a ocupar su puesto. Distribuidos en dos hileras de cuatro enfrentadas entre sí, lo cual facilitaba la comunicación pero también las distracciones, yo tenía a mi izquierda a Guillem y, a la derecha, a Alicia y Noelia. Cada fila disponía de cuatro ordenadores y dos monitores de televisión con vídeo incorporado. Además, la redacción se completaba con una sala aparte para visionado y edición de cintas. Sin contar el despacho del director, una habitación acristalada independiente del resto. Su asiento y el de Roberto Rodríguez, casi siempre vacíos. Todo el conjunto situado en un sótano bajo uno de los edificios principales de los estudios de televisión de la cadena para la que, en este caso, trabajaba la productora Quórum. Sin luz natural, sin ventanas. Un espacio tan deprimente que se convertía en metáfora de lo que hacíamos allí. Cerrado, clandestino, un zulo para el pensamiento. Estaba tomando notas en la parte noble del cuaderno cuando Alicia me encomendó la primera petición documental del programa. Se trataba de la búsqueda de imágenes de Su Majestad en automóvil, para elaborar unas colas que acompañarían la entrevista al chofer Loarre. Bastaba con que estuviera bajando o subiendo de un coche oficial, solo o en compañía. Las escasas tomas en las que se le podía ver con Loarre ya se habían usado en Segundos fuera, no había más. Se repetirían hasta la saciedad en el nuevo programa, imágenes de fondo sin audio mientras el espectador sigue la entrevista, emitidas directamente en pantalla o en el videowall del plató. Mientras tecleaba las palabras clave sobre la base de datos, Alicia no paraba de imitar al Rey dando su consabido mensaje navideño. No se le daba mal: Noelia y Guillem reían la gracia y yo lo hacía para mis adentros, intentando concentrarme en mi tarea. Imprimí los resultados y subrayé los números de cinta.
–Aquí tienes –señalé–. Las dos primeras son compactados, ahí encontrarás las mejores imágenes.
–Gracias guapo.
Sonrió al decirlo, haciéndome sentir como si me hubiera dedicado toda mi vida a la tele. Lo cierto es que, amén de los limitados conocimientos adquiridos en la universidad, todo lo que sabía acababa de asimilarlo tras acudir a un curso formativo impartido la semana anterior, en la tercera planta, en el Departamento de Documentación. Siendo el único alumno, no me resultó difícil centrarme en el aprendizaje, tratando de no perder detalle ni dejarme abrumar por los muchos datos recibidos en pocos días. El papel del documentalista es por regla general accesorio, apenas se percibe, aunque no deja de tener su importancia. Actuamos de intermediarios entre el usuario y la información, ya nos lo decían en la carrera en tono de doctrina. Un momento: me ha llamado guapo. ¿Tendrá Alicia algún interés en mí? Todo indica que su calificativo ha sido casual, pero mi mente necesita un combustible mínimo para elucubrar acerca de cualquier posibilidad, por remota que sea. Noto la implacable puesta en marcha de mi aparato medidor de quimeras. Me ocurre cuando acabo de conocer a un grupo de gente: mi cabeza se dispara fantaseando con las féminas a las que, quién sabe, tal vez podría... En la redacción era imposible no fijarse en Natalia, tanto como considerar la menor ocasión con ella. La segunda y única opción me había parecido Alicia, al primer vistazo, cuando no sabes nada de la otra persona pero intuyes su ánimo, sus gustos, sus besos. Luego la realidad puede imponerse y mostrar errónea la anticipación, o simplemente no conceder oportunidad para confirmar el pronóstico. Sin embargo, en el caso de Alicia acerté de pleno, mi juicio previo se fue revalidando con el paso del tiempo. No por su físico, que aun siendo interesante quedaba eclipsado por su rotundo carácter, tan risueño que contagiaba entusiasmo a su paso y hacía concebir esperanzas hasta a un iluso como yo. Durante los días iniciales comprobé que teníamos en común lo propio en personas de la misma edad (música, referencias televisivas y cinematográficas, sobre todo), y que ella parecía tener preferencia por compartir conmigo sus continuos chascarrillos. ¿Conseguiré algo con Alicia? Lo veremos en los próximos episodios.
–Necesito un dossier de lo que ha publicado la prensa sobre el programa –me pidió Guillem en cuanto Alicia salió por la puerta seguida por mi mirada–. No me corre prisa, puedo esperar hasta mañana. Eso sí, hay que actualizarlo cada día, para que no se nos pase nada que tenga que ver con nosotros.
–De acuerdo. Cuenta con ello. Hoy aparece una interviú a Roberto en esa revista, la que está ahí encima, ya lo sabrás –señalé hacia el puesto de Cristina, que había desaparecido junto con Roberto y el jefe después de la reunión de contenidos. Por su parte, Julio y Natalia conversaban animadamente sobre el guión, sus cuerpos muy cercanos entre sí, pegados al ordenador del primero.
–Sí, no te preocupes. Otra cosa: me dice Julio que eres aficionado a los juegos de mesa, ¿verdad?
–Por encima de todo al rol, aunque hace tiempo que no juego.
Guillem se quitó sus gafas de pasta antes de seguir hablando. Sacó un pañuelo de la chaqueta que llevaba puesta y comenzó a limpiarlas. Eran parecidas a las mías pero de marca, muy caras. Bajo su chaqueta se insinuaba una camiseta con la leyenda Killbush, con silueta de Uma Thurman incluida, imitando el diseño de la saga Killbill dirigida por Tarantino. Guillem me llevaría unos cuatro o cinco años pero cuidaba su aspecto para parecer más joven que alguien como yo. El cabello abundante, despeinado a propósito y con el flequillo caído sobre la frente, acentuaba el engaño.
–Tienes que venir a mi casa. Tengo un armario lleno de boardgames. Quedamos los domingos. Juego de tronos, Railroad Tycoon, Carcassonne... ¿te suenan?



–Javi los tiene en El Baluarte. Nunca he jugado, pero me encantaría.
–El Baluarte, debe de ser la tienda que me indicó Julio. Sólo he ido un par de veces, está lejos de mi zona. No se me olvida porque el librero me explicó todos los pormenores de un juego de cartas muy divertido, sobre el Far West. Acabé llevándomelo con tal de que se quedara callado y me dejara marchar. Amable pero un tanto pesado, el hombre. En realidad yo tenía intención de comprar el juego de mesa de El Capitán Alatriste, pero lo desaconsejó con vehemencia, nunca había visto a un vendedor hablar tan mal de uno de sus productos.
–Sí, no falla, ése es Javi. Vivo con él, ¿sabes?

Final de la undécima entrega.

Friday, May 11, 2007

Autobiografía

Yo soy un hombre vivo que ha muerto muchas veces
y que sintió las balas sobre su piel desnuda
me arrojaron al mar y alimenté a los peces
me enterraron en México cuando era Luis Cernuda.

Yo fui Miguel Hernández y fui Antonio Machado
fui maestro y cartero, ferroviario y poeta
y antes de estar conmigo mi corazón ha estado
dentro de Lorca y dentro de su tumba secreta.

Yo quise que la paz tuviese una bandera
y que la luz llegara al fondo de las minas
yo luché por un mundo en el que nadie fuera
ni esclavo de un palacio ni dueño de sus ruinas.

Pero he vivido un tiempo de asesinos y espadas
de catedrales que eran el refugio del lobo
bajo mi piel ardieron hogueras enterradas
y en mi país triunfaron la injusticia y el robo.

Yo vi correr los ríos de la sangre inocente
y el dolor puso en mí sus oscuras semillas
yo me llamé Dolores y le grité a mi gente
mejor morir de pie que vivir de rodillas.

He sufrido las cárceles, he sufrido el destierro
perdí todo en el mundo menos mi dignidad
la nostalgia no pudo vencerme con su hierro
perdí lo que no importa, guardé la libertad.

Yo he sido muchos otros antes de ser yo mismo
vengo de sus batallas ganadas y perdidas
ellos fueron los puentes que hoy cruzan el abismo
yo soy el hombre libre por que dieron sus vidas.


Benjamín Prado

Wednesday, April 25, 2007

Café Central X

Aquel sábado volví a ver Segundos fuera, en directo y por lo tanto con pausas para la publicidad incluidas. En parte a causa del agotamiento acumulado desde el día anterior, que me hizo abandonar toda intención de salir de marcha; en parte por la incipiente aunque malsana curiosidad que me producía el que iba a ser mi nuevo empleo. Javi había quedado para tomar unas copas con sus compañeros de gimnasio. Me acosté leyendo el ejemplar de V de Vendetta que tenía en su habitación, formando parte de una interminable colección de cómics que bien podría pasar por una prolongación de las estanterías de El Baluarte. El domingo por la mañana no paró de sonar el teléfono. Primero mi madre, inquieta por la reciente noticia de mi cambio de trabajo, ávida por recibir explicaciones y dar consejos. Luego llamó Julio. En un tono nada afable, supuse que producto de la resaca del programa, expuso algunos detalles burocráticos de cara a mi entrada en Quórum. Colgó enseguida, sin darme tiempo a sugerir una cita para la tarde. Por último fue el doctor Esteban quien interrumpió de nuevo mi aletargamiento en el sofá. Dejaba Madrid esa noche y deseaba volver a vernos para despedirse. Díselo a los niños, me pidió con ironía, y también a esas chicas que me confunden con otro, añadió con ánimo juguetón. Ignoraba si Julio o él habían conseguido el teléfono de Verónica o Soledad, desde luego no me lo pareció en su momento. A pesar de no fiarme de mis recuerdos embotados por la "decepción Coldplay", preferí creer que no habrían llegado tan lejos y omití el asunto cuando devolví la llamada a Julio para, ahora sí, quedar unas horas más tarde. ¿Dónde? En el Círculo de Bellas Artes, a petición de Esteban. ¿Quiénes? Sólo nosotros tres, pues Adrián se disculpó alegando una inaplazable visita familiar al Planetario, previo paseo por el parque Tierno Galván.


La tarde se calentaba con el tardío Sol de noviembre, agradable al tacto, aunque interrumpido por las ocasionales ráfagas de viento que tumbaban las hojas de los árboles como heraldo del cercano invierno. Anduve desde mi calle hasta Alcalá, bajando por la mediana de Recoletos. Había olvidado por completo que seguía abierta la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión. Lo que a la altura de las primeras casetas sólo fue un pequeño recreo al pasar, se convirtió rápidamente en hojear de libros y espionaje de transeúntes a medida que avanzaba por la feria. Adoro el poder de distracción de las librerías tanto como observar a quienes las frecuentan. Deformación profesional, supongo. Me detuve a echar un vistazo a una pila de periódicos de los años treinta y cuarenta. Nunca los compro, pero me satisface contemplar su papel dorado por el desgaste, las noticias de guerra, el afán coleccionista que desprenden. A mi lado, un anciano de sombrero calado y bastón a media altura preguntaba por libros de un fotógrafo húngaro miembro de las Brigadas Internacionales, o eso creí entender. Fue sustituido por una joven intrépida que bombardeó al librero con preguntas acerca de los diarios que yo andaba revisando, en concreto sobre los publicados durante el asedio a Madrid. Me pareció que, tan lejanos en edad, ambos personajes tenían mucho en común y sería una suerte que llegaran a conocerse. Perdí la noción del tiempo hasta que un minúsculo huracán me azotó la cara, llevando consigo el agua fría de los estanques de Recoletos. Entonces fui consciente de mi dilación y aceleré el paso al llegar a Cibeles, girando luego a la derecha para subir a Marqués de Casa Riera.


Ingresé en el Círculo de Bellas Artes con el atropello propio de la prisa. Después de disculparme y abonar el euro de entrada que olvidaba ya dejar, perdí unos segundos más en localizar la mesa de Ladislao Esteban y Julio San Sebastián. La cafetería rebosaba actividad: clientes solitarios leyendo el periódico dominical, camareros que no daban abasto, grupos de amigos y discutidores, un trío de conocidos actores esquivando los dedos señaladores de la plebe. A pesar de la urgencia por llegar a mi destino, aunque localizada ya la mesa en cuestión en el lado opuesto a la barra, volví a sufrir un despiste al deslizarme entre una pareja que mantenía un duelo de miradas y libros, él mayor que ella y más nervioso. Parecía que estuvieran intercambiando regalos. Por un momento me sentí en la piel del chico, yo que tan proclive soy a obsequiar con buenas lecturas a mis amistades, sobre todo a las femeninas. No fue mucho más de un instante, imposible detenerme junto a ellos sin llamar la atención. Al pasar de largo pensé en tomar nota de la escena en el cuaderno, tenía ese carácter sugerente que puede llegar a transformarse en literatura. Mientras despejaba la silla que habían reservado para mí, colmada de abrigos y bolsas, la conversación de Julio y el doctor continuaba, sin mediar más saludo que los respectivos movimientos de cabeza.
–No sé qué más puedo decirte, fuera de lo que ya sabes: no abandones la medicación bajo ningún concepto. Tampoco la incrementes, no te hace ninguna falta.
–De acuerdo –repuso Julio, para añadir tras una pausa en busca de su bebida–: Todo va bien si no se mezcla en mis asuntos, pero cuando lo hace resulta insoportable, y eso unido al estrés de la emisión...
–Tal vez ahora que pasas a otro programa te moleste con menos frecuencia. El cambio te vendrá bien. Aunque no dejes de trabajar en el mismo lugar, un nuevo proyecto siempre trae nuevos aires.
–¿Me estoy perdiendo algo, chicos? –fue mi manera desenfadada de entrometerme en su diálogo. No me gusta ser testigo de palabras que no comprendo o sólo entiendo a medias. Sabía que Julio se medicaba por sus problemas depresivos, y me era conocida su asfixia ante la presión que soportaba en la productora. Tampoco podía sorprenderme su confianza hacia el doctor Esteban: detrás de la mutua rivalidad intelectual siempre habían mantenido una sana amistad, no era de extrañar que le pidiera su opinión como psiquiatra. Sin embargo, se me escapaba lo relativo a que alguien anduviera molestando a Julio.
–Se trata de Armenteros –informó. La expresión de su rostro era grave y las ojeras prominentes. Delante suya habían servido una infusión, detalle aún más preocupante–. Te he hablado de él, estuvimos saliendo un tiempo –asentí para indicarle que recordaba al tipo, el conductor del telediario de la noche, un guaperas engreído que nunca me gustó para Julio–. Desde que lo dejamos se ha vuelto paranoico, piensa que voy a revelar su homosexualidad y anda como loco por la redacción, visitándome cada dos por tres para asegurarse de que nadie sabe nada. No aguanto a quienes van de liberales y luego se niegan a salir del armario, pero que la tome conmigo, es intolerable.
–Esperemos que a partir de ahora te deje en paz –terció Esteban. Tenía las manos alrededor de su taza de expreso sin azúcar, como protegiéndose del frío. No obstante, el ambiente de la cafetería era bien cálido, las ocasionales ráfagas de viento sólo perceptibles por el balanceo de los árboles que quedaban más allá de la cristalera–. En todo caso, vas a tener un buen guardaespaldas en el programa, según tengo entendido –añadió dirigiéndose a mí. Era mi turno de dar explicaciones.
–En efecto. Como me han dicho últimamente, siempre será mejor que trabajar para el Opus. Quiero decir para el Grupo Tora.
–Permitidme que os lo haga saber: para mí, ese programa está condenado a triunfar, y morirá de éxito: irresistible la mezcla entre telebasura y familia real. Lo peor de cada casa. No durará mucho, pero no me lo pienso perder ni un solo día –Julio y yo sonreímos, a sabiendas de que el doctor exageraba para complacernos.
–Por cierto –afirmó Julio, saliendo de su ensimismamiento–. Aunque no es definitivo, ya tenemos título para el programa.
–Sorpréndeme –dije.
–No sé si deseo saberlo –añadió Esteban.
–Quiero ser como Juancar.
–¡Horror! –gritó el doctor, quitándome la palabra–. Rectifico: no pasará del estreno, pero lo grabaré para que exista constancia documental del intento.
Julio volvió a sonreír, esta vez tan fugazmente que ni siquiera levantó la vista de la taza de manzanilla. Nos quedamos en silencio porque su cara estaba adquiriendo una coloración lívida, casi transparente. Echó mano de la cartuchera que solía llevar a modo de bolso, y se dirigió al baño, sin mediar palabra.
–Está claro que no se encuentra bien –acerté a decir.
–Arrastra problemas desde hace años. Me ha pedido que te lo cuente, antes de que llegaras. Aprovecha cuando vaya al servicio, dijo, aunque tal y como se ha ido no parece que fuera sólo para darnos ocasión de hablarlo. No sé por qué prefiere que lo sepas a través mía, en todo caso no quiere que empieces a trabajar con él ignorándolo. Sus trastornos depresivos provienen de la época en que comenzó a salir con hombres, al principio alternándolos con chicas... bueno, esa parte es su vida privada, que sea él quien te dé detalles si lo considera oportuno.
–No te preocupes, continúa.
–Disculpa. No han sido depresiones importantes, hasta que rompió con ese tal Armenteros, el presentador. Desde entonces se han vuelto de mayor gravedad, quizá lo hayas notado tú que has estado más cerca suya.
–Realmente no, porque desde que vivo en Madrid sale con Arturo, lo de ese tipo fue anterior. Sí es verdad que tiene días malos en el trabajo, supongo que cada vez que se topa con él, ahora sé el motivo. Un caso de acoso laboral, podemos decir.
–Así es. Lo que tiene que hacer es seguir acudiendo a su especialista, seguir sus indicaciones, y procurar mantenerse lejos del presentador, aunque esto sea lo más difícil. Contigo en la redacción, tal vez sea diferente.
–Algo podré hacer. No soy ningún matón, pero algo podré hacer –repetí más para mí mismo que para Esteban. En ese momento regresaba Julio, con el rostro aparentemente despejado de tribulaciones. Venía con tal ímpetu que a punto estuvo de chocar con la camarera que se disponía a servirme el manchado.
–Perdón –musitó para luego elevar el tono de voz–. Chicos, tanto hablar de tonterías y hemos olvidado el asunto de moda: nuestro querido escritor, aquí presente, tiene una novela entre manos.
Ahora sí me pilló por completo a contrapié. Llevaba días sin retomar Tempus fugit y Julio sacaba el tema delante de nuestro maestro de las letras particular, don Ladislao Esteban. Menudo embrollo.
–Caramba, cómo es eso –exclamó el doctor.
Resumí de nuevo mis intenciones, al igual que hice dos días antes con Javi. El caso es que desde entonces (demasiado tiempo para pensar durante el aburrido sábado) el cuaderno se había llenado de dudas, algunas casi infranqueables. Me estaba atenazando la responsabilidad de tener cerca a una persona comprometida a leer mis avances con criterio de crítico. Y la perspectiva de enviárselo todo a Esteban, como acababa de pedirme, también me asustaba. Así que, tras exponer la idea y escuchar los atentos comentarios del líder de la vieja tertulia, emprendí una huida hacia delante.
–De todas formas, es posible que aparque el proyecto de ciencia-ficción para abordar algo mucho más pegado a la realidad.
–¿De veras? –dijo uno de ellos. Yo estaba demasiado nervioso como para recordar cuál de los dos.
–No irás en serio –dijo el segundo.
–Estoy pensando en un relato real, ya sabéis a lo que me refiero. Una crónica más o menos sentimental de lo que estoy viviendo en Madrid. Tiene que ver con vosotros, y con Adrián, y con más gente.
–¡Voy a ser uno de tus personajes! ¡Totalmente! –gritó de manera inconfundible un eufórico Julio San Sebastián.
–Mmm... el chico se está haciendo mayor... interesante –murmuró, de forma no menos característica, el doctor Ladislao Esteban.

Final de la décima entrega.

Tuesday, April 24, 2007

14 de Abril


Aprovecho la invitación de Javi en su 14 de abril para lanzar al viento del pueblo unas cuantas reflexiones republicanas:

Este último 14 de abril pasó sin pena ni gloria en Irlanda, por eso me congratula especialmente que en España se celebrasen de nuevo multitud de actos por la Tercera, y que este viejo amigo que derrama lágrimas en la lluvia se haya vuelto más republicano que nunca.

Recuerdo que el año pasado el 14 de abril me pilló en San Sebastián, donde disfruté luciendo mi camiseta de "matutano republicano" (sic) y viendo varias tricolores colgadas en las calles donostiarras. Esto me lleva a pensar en que la semana pasada, justo después del 14, hice escala en Guadalajara, y supe por el silencio de los compañeros que nada se ha hecho este año con motivo del aniversario de la proclamación de la II República. Qué constraste con el 75 aniversario, cuando el Ayuntamiento a iniciativa de IU colocó sendas placas en las calles de la ciudad que llevan el nombre de alcaldes republicanos, anunció que una plaza llevará el nombre de "Segunda República" y, sobre todo, realizó un muy emotivo homenaje a los republicanos presentado por la incombustible Rosa Regás. Incluso en septiembre, ya en mi ausencia, se llevó a cabo la exposición prevista acerca del periodo republicano en Guadalajara. También en 2005 se organizó un acto divulgativo y se fue al cementerio a llevar flores a los republicanos. Pero este año no. Este año un servidor estaba en Irlanda, y la sensación es agridulce: percibo que sin mí no parece que haya República en Guadalajara.

Por un lado lo lamento porque hubiera preferido que alguien tomara el testigo, pero al mismo tiempo y valga la inmodestia, lo celebro porque representa cuánto puede conseguir la iniciativa de una sola persona (ayudado por muchas otras, desde luego, pero siempre a partir de su impulso inicial), cuánto puede cambiarse si ponemos el empeño suficiente en luchar por aquello en lo que creemos.

Monday, April 23, 2007

Sobre la memoria histórica y otras obviedades



Cuando empezó la actual legislatura el Gobierno de ZP anunció, a propuesta de IU y ERC, la creación de una "Ley de Memoria Histórica" que enfrentase de una vez por todas el déficit que arrastra nuestra monarquía parlamentaria hacia quienes defendieron la democracia durante la Guerra Civil y la dictadura. Después de casi 3 años de demora, el Gobierno presentó un proyecto de Ley que no sólo disgustaba a los partidos que debían apoyarlo, sino que resultaba muy decepcionante, incluso ofensivo, para las personas y colectivos que trabajan por la recuperación de la memoria histórica. ¿Qué sentido tiene redactar una Ley que no satisface ni siquiera a las personas a quienes va dirigida?

Afortunadamente, la semana pasada IU y PSOE desbloquearon la Ley tras ponerse de acuerdo en que declarará la ilegitimidad de los tribunales franquistas. Tanta espera y tanta negociación para que finalmente el texto de la Ley diga en uno de sus artículos:

"Se declaran ilegítimas las condenas y sanciones dictadas por motivos ideológicos o políticos por cualesquiera tribunal u órganos penales o administrativos durante la dictadura contra quienes defendieron la legalidad institucional anterior, pretendieron el restablecimiento de un régimen democrático en España o intentaron vivir conforme a opciones amparadas por derechos y libertades hoy reconocidos por la Constitución".


¿Tan débil es la democracia española que tienen que pasar más de 30 años desde el final del dictador para que se pueda aprobar una declaración así, sonrojante por obvia, y que se haga sin posibilidad alguna de acuerdo con el principal partido de la oposición, incapaz de distanciarse de su pasado fascista?

A pesar de todo, me supuso una gran alegría conocer la noticia, porque representa un paso más en la lenta construcción de un futuro decente para este país, un país que pueda mirar atrás y reconocer a la República como lo que fue, inspiración y antecedente de la democracia actual.



PD: La ¿estrategia? del PP en este asunto, por cierto, consiste en sostener la aberración histórica de equiparar un periodo democrático con 40 años de totalitarismo. Así se desprende de la intervención de su líder Rajoy en Tengo una pregunta para usted, cuando respondió que puede haber banderas franquistas en las manifestaciones del PP, pero muchas menos que banderas republicanas en las manifestaciones de la izquierda. Como parece que Rajoy ignora las diferencias esenciales entre dictadura y democracia, habrá que recordarlas por Ley.