–La librería pertenece al Opus Dei –anuncié–. Se llama Tora, o Grupo Tora, creo. Aunque no es lo que parece, no sabes la cantidad de libros que tienen.
–¡Magnífico! Así podrás documentarte y escribir uno de esos best-sellers al uso, con profusión de crímenes, conspiraciones teocráticas y demás efectos especiales y parafernalia para mentes inquietas –bromeó.
–Como ya dije en cierta ocasión, el único "sellers" que me interesa es Peter Sellers –añadí con falsa seriedad–. Puedes citarla si quieres, la frase es mía.
–Ya sé, estás ensayando para la prensa tu pose de escritor desenfadado. Pero dime, ¿qué vas a hacer allí, vender biblias y biografías de Escrivá de Balaguer?
–En realidad no estaré de cara al público más que los sábados. El resto de la semana me quedo en almacén, clasificando las existencias. Buscaban a alguien con estudios de Documentación y experiencia como librero.
–Vaya. Cada sábado tú te dedicarás a vender la palabra de Dios y yo a incrementar la cuota de detritus en pantalla. Y los domingos iremos juntos a misa a confesar nuestros pecados.
Dejé que agotara su carcajada para intentar desviar la conversación hacia donde me interesaba y preocupaba. Un Julio San Sebastián risueño y mordaz, con su ocurrente palabrería, hacía casi imposible deslizar lo que en verdad deseaba decirle. Sin embargo, fue él mismo quien, continuando con sus provocaciones, facilitó la tarea:
–¿Les has dicho ya que vives con un bisexual?
–De eso quería hablarte –me levanté del sofá y adopté una postura menos solemne que cómica para añadir–: me voy a vivir con otro.
Estalló en breves risas, tan breves que parecieron impostadas, rápido preludio de una situación que ya no debía parecerle tan divertida.
–Estarás de broma, querido. Aquí no molestas en absoluto. Sabes que Arturo y yo siempre nos vemos en su apartamento, no es por ti. Mi refugio es pequeño pero cómodo, y no tengo ninguna prisa por cobrarte alquiler, descuida.
–No se trata de eso. Estoy encantado de vivir contigo y lo sabes, pero ahora que me quedo en Madrid por unos meses la cosa cambia. Aunque has sido muy generoso conmigo, en el fondo seguro que prefieres seguir viviendo solo, ¿me equivoco? Eres aún más independiente que yo.
–Es cierto, me conoces bien. De acuerdo. ¿Y quién es ese otro por quien me abandonas, si puede saberse? No será un mexicano o un cubano marchoso, se lo están llevando todo, qué gente.
–Bueno, creo que lo conoces –opté por no considerar su veleidoso comentario. Julio no era nada amanerado, si bien había cambios en su temperamento que lo transformaba en una persona voluble, casi impredecible. Si algo podía delatar su homosexualidad o bisexualidad era tan sólo su forma de hablar alocada, repleta de bromas y frivolidades, saltando de una cosa a otra sin sentido aparente. Tamaño torrente verbal se desataba exclusivamente ante amigos, personas de confianza, los familiares y compañeros de trabajo, a lo sumo. El resto del tiempo, Julio San Sebastián podía ser un hombre frío, incluso cortante y taciturno si se lo proponía. Ignoro cuál de sus dos caras era auténtica y cuál fingida, pero jamás las intercambiaba por capricho, ofrecía una sola cada vez. Por lo tanto nunca resultaba desconcertante, sino dual. Había que observarlo en situaciones bien distintas para contemplar su ambivalencia, y eso sólo nos lo permitía a unos pocos de extrema confianza –. Es Javi, el tendero de El Baluarte –como su rostro simulaba cara de póker, tuve que dar más detalles–. Sí, verás, el tipo corpulento y bastante calvo que atiende la librería especialista en cómics donde estuvimos en marzo. Adrián nos acompañaba.
–¡Claro, ya lo recuerdo! Cómo olvidarlo, qué hombre más gracioso.
–La anécdota Batman.

–Sí, por supuesto, qué golpe. Después de leer El Regreso del Señor de la Noche por tercera o cuarta vez, tuvo tal subidón de adrenalina que se pasó la madrugada haciendo pesas. Qué bueno. Me lleva a pensar en el personaje de Kevin Spacey en American Beauty, haciendo pesas en el sótano de su casa para ligarse a la mejor amiga de su hija, que resulta ser virgen. Y al final ese vecino de enfrente, militar gay reprimido y asesino. Qué fuerte.
Francisco Javier Ruipérez, mi colega de piso, resulta ser el tipo más simpático de cuantos regentan tiendas de cómics, un gremio que se caracteriza por estar lleno de tenderos que te miran por encima del hombro, tratándote como a un adolescente privado por el coleccionismo friki, aunque hayas superado los treinta y ellos hagan negocio justo a tu costa. Javi es distinto. Me recuerda a mi antiguo jefe en La Bohème, pese a que el contenido de sus disertaciones difiera notablemente. Ambos se interesan por sus clientes, hacen múltiples recomendaciones de lectura... creen en lo que hacen, en suma. Como compañero de apartamento Javi es un tanto caótico, no mucho más que yo, por lo que nos entendemos bien.
–Cuando fui a visitarlo la semana pasada, le pregunté por su opinión acerca del último y definitivo episodio de Star Wars, que como sabes me ha decepcionado bastante.
–No es para menos. Toda la vida esperando ese momento, desde pequeños imaginando la conversión de Anakin Skywalker en Darth Vader. ¿Para qué? Para que el señor Lucas se burle de nuestra inteligencia. Menudo cretino.
–Pues bien, la respuesta de Javi, moviendo la cabeza entre dudas, fue: "hasta que no la vea por quinta vez no me formaré una opinión clara, así que te lo digo este viernes".
En ese instante, ahogando las exageradas carcajadas de Julio, sonó su teléfono móvil. Se dirigió al dormitorio para recibir la llamada y hablar con cierta privacidad. Debido al sonido específico del móvil, deduje que se trataba de Arturo. Se encontraban al principio de su relación y se comunicaban con asiduidad, con el apasionamiento y exceso propios de los inicios. Julio aún no había tenido ocasión de presentarme a su novio, pero sabía de él que se dedicaba a las artes plásticas y que era natural de Sevilla, ciudad donde exponía regularmente sus obras. Arturo se alojaba por una temporada en Madrid, buscando lugar para exponer y círculos culturales en los que introducirse. Se conocieron en una fiesta de Quarzo, la productora de Julio. Como pareja yo prefería a mi Javi, tan hetero y tan desafortunado con las mujeres como un servidor; de alguna manera el hermano mayor que nunca tuve. Nuestra vida en común fue fruto de las circunstancias, más que de una amistad todavía incipiente. Sólo nos conocíamos gracias a mis innumerables visitas a su tienda (siempre iba allí desde el comienzo de mis devotas peregrinaciones a la capital) y a las extensas charlas ulteriores. Veamos un ejemplo:
–¿Has leído algo de Canción de hielo y fuego? ¡¿No?! Es una bomba, no te lo puedes perder, aquí todo el mundo lo está leyendo –acostumbraba a empezar de esta guisa, sin previo aviso y sin esperar respuesta, adivinándola por mi cara de estupefacción. En aquella oportunidad, no mucho antes de irme a vivir con él, tuve la tentación de contestarle que hacía lustros que había dejado de sentirme atraído por la fantasía épica, que sólo leía clásicos y escritores contemporáneos consagrados, que a lo sumo me permitía una breve escapada a Bradbury o Philip K. Dick, y que para colmo pretendía ser escritor. Por suerte, no me dio opción a contestar. Hubiera quedado fuera de lugar entre el grupo de adolescentes que pululaba por allí, la banda sonora de Reservoir Dogs a todo volumen, un padre con su hijo escogiendo figuras bélicas en miniatura.
–¿Sabes que el autor, George R. R. Martin, juega a rol? En este número de la revista Dragón –mano que se desliza bajo el mostrador, revista abierta por la página en cuestión, todo ello sin darme apenas tiempo a asentir para demostrar mi interés– cuenta anécdotas sobre sus partidas. Juega con viejos amigos, también escritores, y desarrollan una campaña en la Roma imperial: intrigas, traiciones, luchas por el poder... Su personaje, el que interpreta Martin, ha jurado lealtad a un senador a quien sirve. En un momento de la partida sabe de la existencia de una trama para acabar con su señor, un complot orquestado por el César, a quien también debe lealtad como súbdito suyo y porque, además, su familia tiene vínculos de sangre con el emperador. Ante el dilema moral, Martin decide que su personaje intentará suicidarse, que no tiene otra salida, porque no puede actuar por sí mismo en contra del César ni de su señor. ¿Qué te parece? Seguro que nunca has oído hablar de un jugador de rol decidido a acabar con su propio personaje, un personaje que llevaba interpretando durante meses y al que había cogido gran cariño.
–Desde luego que no. Es fascinante –admití.
–Pues espera que ahora viene lo mejor: Martin se las ingenia para intentar que sus compañeros sepan lo que ocurre y traten de impedirlo. Como no puede revelarlo de manera directa sin traicionar sus votos de lealtad, habla constantemente de diferentes formas de suicidio, de conspiraciones históricas que eliminaron a distintos senadores... Los demás jugadores no entendieron nada hasta que ya fue demasiado tarde y el personaje se dio muerte. Qué grande es este tipo.
Entonces me dejé impresionar por la fábula. Sin embargo, fui incapaz de tenerla en cuenta más adelante, cuando extrañamente me hubiera podido servir de advertencia o aviso. Aquel día escuché a Javi con atención, entre divertido y apabullado por la historia y por la pasión que transmitía al contarla; aunque admito que la olvidé enseguida: ni compré la revista ni tampoco alguno de los volúmenes que componen la saga de Canción de hielo y fuego. Sé mejor que nadie que uno debe seguir el consejo de su librero, pero resultaba imposible imaginar las consecuencias de ignorar aquel episodio, por otro lado tan anecdótico. Francisco Javier Ruipérez tenía el privilegio, a veces también se diría que maldición, de ser un lector superdotado, capaz de leer cientos de páginas por hora. Había crecido entre libros, los del negocio de su padre al frente de una librería de lance junto a la Plaza Mayor. Guardaba un conocimiento pormenorizado de todo lo leído, novelas y cómics en especial. Pese a ello, inició varias carreras sin terminar ninguna y no trabajó más que para su padre primero y para El Baluarte después, con una temporada como eventual en la FNAC de por medio. Los años pasaban y él seguía conforme con su modesto empleo, de forma que le vi evolucionar tras el mostrador y perder pelo a medida que se sucedían las generaciones de jugadores y comiqueros, cada vez más jóvenes, cada vez más niños imberbes a quienes no quedaba más remedio que enseñar a jugar a Magic o a Pokemon para desesperación del siempre paciente pero atribulado Javi.
Julio concluyó su conversación telefónica, durante la cual no me moví del sofá que hacía las veces de mi dormitorio, saboreando una cerveza y tratando de desentrañar el significado del cuadro colgado frente a mis ojos y sobre el televisor: Naciente crepúsculo, de Paul Klee. Me pregunté cuánto tiempo faltaría para que tan magno como inescrutable lienzo fuera sustituido por la primera adquisición que Julio hiciera de la colección de su novio. Tomó asiento en el único sillón de la sala, situado a mi derecha, de manera que quebraba un ángulo de contemplación del crepúsculo, y reanudamos el diálogo:
–¿Dónde dices que va a estar situada tu nueva morada? –inquirió.
–En pleno barrio de Salamanca –afirmé adivinando su reacción.
–¡Chico, definitivamente sabes cuidarte para ser un progre de provincias! No como yo, obligado a residir en las afueras para estar cerca de la puñetera televisión.
–Está en General Mola –hice una pausa para comprobar si el nombre de la calle, de resonancias franquistas, suscitaba en Julio alguno de sus abigarrados aspavientos. No fue así–. Entre Goya y Príncipe de Vergara, perfecto para mí por cuanto me permite ir caminando hasta Serrano. Es un piso herencia del padre de Javi. Supongo que no sabía ya qué hacer para emancipar a su hijo. Antes lo usaba para reunirse con su pandilla a jugar a rol, y para llevarse a las pocas novias que ha tenido. No está mal, quizá sea pequeño para dos, pero el alquiler que me pide resulta ridículo comparado con lo que vale vivir en esa zona. En esa y en cualquier parte, vaya. Como él no paga nada, dice que utilizará mi mensualidad como sobresueldo para sus gastos: el gimnasio y cosas así.

–Sí, lo sé, nuestro Kevin Spacey particular –bromeó–. Tienes suerte, en todo caso, siempre lo he advertido. Yo estoy pagando una barbaridad por la compra de este cuchitril, y tú encuentras una verdadera ganga en el barrio de Salamanca.
–Lo admito. Me he dejado seducir por la Fortuna. Aunque de otro modo no sé si hubiera aceptado firmar el contrato con Tora.
–Quieres decir con el Opus –matizó con una pizca de regodeo en la voz.
–Exacto. No pagan nada bien. No llego ni a mileurista.
–Ya sabes: a Dios rogando y con el mazo dando.
Final de la tercera entrega.
3 comments:
No soy mi imagen,
ni las dulces palabras
con las que gozo,
ni mi trabajo:
Quizás fugaz idea.
En todo caso eres una idea nada fugaz sino persistente, querido. Pero compruebo que la confusión entre personajes sigue surtiendo efecto. Ahora sólo me falta saber quién soy yo.
Por otra parte, ¿a qué viene eso de expresarse mediante tankas? ¿Vuelve mi viejo camarada el poeta orientalista? Pero eso era otro relato. Parece que te surgen así, como si nada, cual piolines cortazarianos. Y para colmo suenan bien, éste se ajusta muy bien a lo que quieres expresar. Buena señal.
Nos seguimos leyendo.
Ah...la vida loca en la capital, roleros con sobrepeso, escritores metro-homo-sexuales...
Este show tiene de todo
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