Adrián faltó a la cita por complicaciones en su empresa, una proveedora de servicios externa para Microsoft. Su trabajo como administrador de sistemas, o
sysadmin según la jerga del oficio, lo convertía en una especie de informático de guardia al que los directivos recurrían con casi la misma facilidad que al alcohol o a las drogas duras. Entre raya y raya, alguien detectaba un fallo aparente en el sistema y ¡zas!: llamada al señor Ugarte, que lo resuelva, para eso está. De modo que Adrián, cuando no conseguía tranquilizarlos por teléfono, debía permanecer más horas en la empresa o acudir de inmediato: servicio a domicilio como las putas con las que coincidió aquel jueves en el ascensor, él bajaba y ellas iban una planta más arriba, directas al despacho del Consejero Delegado. Me hizo partícipe del episodio a la semana siguiente, menos furioso que amargado por las constantes pérdidas de tiempo a las que lo sometían sus empleadores. Bastante hacía ya con dedicarnos una tarde a la semana en su apretada agenda, con mujer y dos hijos a quienes apenas veía. Estuvimos en su boda cuatro años antes (Julio con su entonces novia, de ahí la supuesta bisexualidad; yo sin acompañante), la prometida una amiga común, Patricia Antúnez, los había visto crecer juntos y seguía sin creer que tuvieran ya dos niños. Aunque con su temprana marcha a Madrid se perdió el florecimiento efímero de la tertulia y factoría, Adrián recibió con entusiasmo la llegada de Julio y después la mía. Suya fue de hecho la idea de citarnos cada jueves en el Central. Quizá deseaba así que mantuviéramos un vínculo permanente, en lugar de dejarlo al azar o a la oportunidad siempre esquiva en la gran ciudad con sus desplazamientos y sus compromisos. Salvo al comienzo, Adrián vivió la tertulia en diferido, con la añoranza de la gente y de lo bueno conocido, eso también debió influir a la hora de lanzarse a contagiarnos su idea. No en vano había visto nacer a la vieja tertulia desde su puesto tras el mostrador en La Bohème, la librería que acogió e hizo surgir aquellos encuentros de clientes aficionados a despacharse a gusto entre libros y sobre libros. Después de la boda y posterior mudanza, ocupé su lugar al lado del dueño de La Bohème hasta que el negocio cerró y, ocho meses más tarde, mientras la tertulia continuaba en un bar de copas cercano a la extinta librería (en reformas para albergar un nuevo bar de copas), di con un empleo similar en la forma aunque bien distinto en el fondo, y emprendí a mi vez la casi obligada aventura madrileña. Antes ya iba con frecuencia a Madrid, a medio camino del viaje de placer (asistencia a las citas culturales del momento, reencuentro con los amigos, de compras por las tiendas especializadas en cómics) y la desalentadora búsqueda de trabajo.

Me alojaba en el piso de Julio y recibía una doble dosis de buen gusto (tratando de tomar nota de la decoración del apartamento, de sus camisas, de sus colonias) y de los sinsabores de la telebasura. Si se fijan con atención en el programa del sábado por la noche, al final, con los títulos de crédito a ritmo del
Eye of a tiger, todavía pueden leer "Guión: Julio San Sebastián y Natalia Buendía". Mis visitas no se prolongaban más allá de una semana, lo suficiente para hacer las veces de consorte sin serlo y aguantar el mal humor de Julio a la vuelta del trabajo, hastiado como estaba de desperdiciar su talento en televisión. Porque lo cierto es que tenía talento para la invención de diálogos y situaciones tan denigrantes como exitosas. Su primer triunfo, puesto en marcha al poco de ser contratado, tuvo el ocurrente título de
Segundos fuera. Se mantiene desde hace años, ahora sin Julio aun con su firma, en la "apestosa cima de la popularidad", según sus propias palabras. Aunque esto ya lo sabrá el lector, tan crítico como proclive a la tele,
Segundos fuera consiste en enfrentar a un par de invitados en un plató decorado a la manera de un ring de boxeo. Por lo general se trata de dos personajes famosos por nada en especial que pretenden haberse acostado con un torero o una cantante, cuando no es el mismísimo torero o la susodicha cantante quien acude al programa, si la cantidad de dinero ofrecida resulta convincente. En cualquier caso, sean quienes sean los púgiles, se despedazan verbalmente en tres asaltos, tantos como interrupciones para la publicidad. El resto es puro atrezzo: azafatas desfilando en taparrabos con los resultados de la votación de los espectadores, inicio y despedida de la velada con la sintonía del tema central de Rocky, presentador vestido de árbitro haciendo sonar la campanilla y evitando que los contrincantes lleguen a las manos.
Final de la segunda entrega.
2 comments:
Curioso, muy curioso... Ya he renunciado a saber "quién soy" (para duda metafísica ésta): supongo que los personajes son una amalgama de todos nosotros, por lo que no me sentiré aludido en lo de la bisexualidad ni en lo del buen gusto al vestir (todos sabemos a qué miembro de la hermandad apuntan esos rasgos ;-P)... Eso sí, veo poco de mí en la tríada protagonista, ¿es que no tengo ningún rasgo característico blablabla?...
(Fin del momento ombliguista)
Técnicamente: en algunos momentos el tono documental prevalece sobre la narración: acumulas con trazo rápido multitud de datos que, para quienes estuvimos/estamos implicados en ellos son reconocibles, pero que pueden generar confusión en un lector casual (amén de un preguntarse "¿y esto a qué responde?"). El principio de la primera entrega es estupendo, altamente evocador, promete mucho; por eso debes tener cuidado de que la realidad (su reflejo) no interfiera en las posibilidades literarias de la historia (no dejes que la realidad te estropee una buena historia ;-P). Simplemente, rebaja el tono documental, de "good oldies" ("de lo musho lo mejó")para que el lector "no implicado" no tenga la sensación de estar acudiendo a una fiesta ajena. Luego: por el tono me parece más un relato largo que una novela... Porque, para empezar: chico, no hay puntos y aparte!! Quizá tiendes mucho a la digresión, y cuesta encontrar un hilo narrativo, una especie de "trama" más allá de la rememoración... Pero claro, esto sólo está empezando.
Hale, pa que recuerdes mi tan apreciada costumbre del análisis riguroso y severo... Ahora no lo pagues con "mi" personaje.
Go on.
Vale, no está nada mal. Quien más, quien menos sabe que escritura y homosexualidad hoy día van de la mano.
Buen gusto al vestir y homosexualidad, tambien.
Pero, por favor, no me hagais creer que los escritores visten bien. Sólo uno entre 1000.
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