Friday, January 26, 2007

Café Central VIII


Allí fue donde recibimos la visita, todavía sin llegar el invierno que se anunciaba en el viento que dejábamos afuera, del doctor Esteban. Estaría en Madrid durante una semana, asistiendo a un congreso de psiquiatría en el recinto ferial Juan Carlos I. Se había puesto en contacto conmigo la misma noche de su llegada. En cuanto supo de la existencia de nuestra tertulia, anunció que nos vería el jueves. Era la ocasión perfecta para citarse con nosotros de una vez, sin necesidad de arreglar varios encuentros por separado o en fecha distinta. No obstante, a juzgar por la satisfacción melindrosa de su voz a través del aparato, sospeché que también pretendía supervisar el desarrollo de una tertulia que, no podía negarse, era heredera de aquella donde nos habíamos conocido y de la cual él, con el paso del tiempo y los bandazos de la voluntad, se había erigido en tutor y guía. Ladislao Esteban estaba considerado como el escritor más brillante del grupo, pero nunca intentó publicar salvo en las páginas de su propia invención, la revista Odradek. Se ganaba la vida como profesor universitario, aunque sabíamos de él que había ejercido la psiquiatría en la sanidad pública, durante sus primeros años tras obtener el título. En sus aptitudes y en su forma de comportarse se evidenciaba el carisma de quien, sin proponérselo, acaba asumiendo el liderazgo de todo colectivo en el que participa. La tertulia literaria no fue una excepción. A ello había que añadir su ligero pero inequívoco parecido físico con el escritor Paul Auster. Más que una coincidencia, la similitud de sus rasgos parecía producto de la imaginación del prolífico autor neoyorquino, tan propenso al azar y a la confusión de identidades. Ningún tertuliano estaba dispuesto a admitirlo, pero la presencia de Esteban imantaba la tertulia con una rara atracción, hecha de admiración y desdén, como si reconociéramos y al mismo tiempo rechazáramos la idea de que un Auster algo más joven que el auténtico estaba entre nosotros. Tal fue el efecto que volvió a producir aquella tarde de noviembre, cambiando el escenario de La Bohème por el Café Central. Al decir de Adrián, que en su año inaugural en Madrid tuvo oportunidad de conocer en persona al genuino Paul Auster en la presentación de uno de sus libros, ambos compartían aspecto exterior (la barba rala y rasurada con esmero, el pelo canoso pero firme) y sobre todo despedían un similar halo de fascinación, que en el caso del americano estaba acentuado doblemente por tratarse del original (por la sensación de ver en carne y hueso al responsable de obras tan vibrantes como La trilogía de Nueva York o Brooklyn Follies) y por la estela de humo, fumador empedernido y reivindicador de su vicio, que le acompañaba. Puesto que era jueves, la asistencia del doctor Esteban a la reunión le hacía imposible acudir a la vieja tertulia que estaría celebrándose de forma simultánea en algún lugar de nuestra común ciudad de origen. Esa evidente certeza, unida al ánimo de homenaje que nos había impulsado a encontrarnos cada semana en el Central, dotaba a la ocasión de una atmósfera extraordinaria, que al menos en mi cabeza hacía concebir la sugestión de estar en una y otra tertulia a la vez, tentado de cerrar los ojos y dar un salto imposible en el tiempo para ver al resto de amigos sentados alrededor de la mesa y en el banco de madera, segundo corredor a la derecha.


–Admito que este sitio es mucho más notable que donde nos reunimos ahora –estaba diciendo Esteban. Tomaba un expreso sin azúcar. A su lado, Adrián, Julio y yo dábamos cuenta de los cafés correspondientes, ateniéndonos a la costumbre–. Y eso me gusta, es prueba de que sabéis sacar partido a la gran ciudad.
–Es lo menos que podemos hacer –aseguré–. Por lo menos así nos resarcimos una vez en semana de lo que realmente nos ha traído hasta Madrid: trabajar para el enemigo.
–Espera un momento. Supongo que te refieres al empleo de Julio en televisión y al tuyo en Macrosoft –aventuró el doctor señalando a Adrián, para después volverse hacia mí–. Pero, ¿tu quoque, fili me? –desconcertar al auditorio con una expresión latina era una práctica que yo había adoptado tras conocer a Ladislao Esteban, si bien reconozco que él hacía uso de sus conocimientos clásicos con mayor acierto y sólo entre amigos acostumbrados al compadreo intelectual, amén de con sus alumnos. Me interpelaba reproduciendo las palabras de Julio César a Brutus cuando comprobó la participación del hijo adoptivo en su propio asesinato. Con tal sentencia me interrogaba acerca de si estaba traicionando mis principios de buen librero y, por añadidura, insistía en su papel de figura protectora del grupo. Esteban podía saber que mi traslado a la capital respondía a la firma de un contrato laboral, pero no la naturaleza del mismo, a menos que lo hubiera averiguado por otra vía. Supuse que en realidad su frase no era más que la contrapartida a la mía, tan grandilocuente. Aquello de "trabajar para el enemigo" venía de antiguo, una expresión acuñada por Adrián años atrás que cada uno de nosotros había ido tomando como suya, a fuerza de sentirnos identificados con ella.
–Estoy currando para el Opus –respondí escuetamente.
–Para el Grupo Tora –dijo Adrián sin disimular su sorna.
–En una librería de la calle Serrano –añadió Julio–. Eso sí, él atiende al público sólo los sábados; y parece ser que venden de todo, como cualquier otra librería generalista.
–Válgame el Cielo –ahora sí, este juego de palabras me resultó excesivo–. Qué dirían en La Bohème si lo supieran y no estuviese cerrada. Pero no te preocupes, ya encontrarás algo mejor. Y mientras tanto, como os decía, aprovechad el momento visitando este magnífico café, por no hablar del resto de oportunidades que ofrece Madrid –Esteban apuró su taza antes de continuar. Miró a su alrededor para saborear el ambiente del local. Yo estaba situado frente a él pero adivinaba cómo sus ojos escrutadores se iban posando en la decoración ajedrezada de mármol y obsidiana, en las vistas hacia la plaza del Ángel, en las dos chicas que estaban tomando asiento en la mesa contigua–. Aunque, en mi opinión, puesto que no venís aquí para asistir a los conciertos, yo hubiera optado por la cafetería del Círculo de Bellas Artes.
–Esa fue mi apuesta, querido –intervino Julio–. Los ventanales que se asoman al espacio diáfano entre Gran Vía y Alcalá, los desnudos en las estatuas y en los lienzos, el ir y venir de artistas y famosos. Qué se le va a hacer, no estuvieron de acuerdo.
–Fue cosa mía –admitió Adrián–. El Central está muy cerca de donde vivo, el tiempo es algo fundamental para mí. El Círculo me gusta, voy con menos frecuencia de lo que quisiera pero sus actividades son interesantísimas, sin duda.
–No tenéis que excusaros, yo sólo estoy de paso. Donde sí que os echo en falta es en el blog de la factoría. Acabamos de abrir un apartado, al hilo de nuestra eterna polémica autores masculinos versus autores femeninos, donde se ofrecen diez inicios de otras tantas novelas. El cometido del lector es dilucidar a quién corresponde cada comienzo, si está escrito por hombre o mujer. No se exige atinar el autor concreto, eso lo revelaremos al final.


–Interesante –afirmé, verbalizando la opinión de Adrián y Julio, que asentían con la cabeza. En nuestras conversaciones solían deslizarse los contenidos del blog colectivo, que visitábamos sin excesiva asiduidad y sin dejar aportación alguna. El hecho de haber abandonado la vieja tertulia incidía en que, desde entonces, el blog estuviera huérfano de nuestros textos. Adrián se estuvo encargando del mantenimiento del sitio web durante sus primeros meses de exilio, luego el testigo pasó al doctor Esteban y a sus fieles colaboradores, los también veteranos Quico Montes y Juan L. Muñiz. Juntos formaban el terceto de prohombres de la tertulia, así denominados en oposición a la bisoñez e irreverencia de nuestro propio terceto, ellos padres de familia y grandes lectores, nosotros jovenzuelos y amigos de los géneros literarios menos prestigiosos–. Habrá sido idea de Diana, que siempre anda inflamando la tertulia con su defensa de las escritoras.
–En realidad la iniciativa es mía, aunque no negaré que suscitada por sus acaloradas intervenciones.
–Disculpe, ¿es usted Paul Auster?
–Pregúntaselo en inglés, tonta, que no te va a entender.
Excuse me, sir. Are you Paul Auster, the famous writer?
–Podría contestarte que no soy el escritor Paul Auster, tampoco el detective Paul Auster, ni mucho menos el narrador Paul Aaron –la respuesta de Ladislao Esteban no pudo ser más desconcertante, al menos para quien no hubiera leído Ciudad de cristal, la historia que sirve de apertura a la Trilogía de Nueva York –. Pero eso ya lo sabéis tú y tu amiga: ni me parezco tanto ni estaba hablando su idioma, de modo que no puedo ser él.
La doble pregunta y la réplica generó muecas de diversión entre mis colegas, incluido Esteban, quien no había dejado de observar a la pareja de amigas mientras hablábamos. Yo continuaba de espaldas y, por lo que había estado escuchando entre siseos, deduje que Esteban se había mantenido al corriente de las bromas en la mesa de al lado, cuando no suscitándolas con su atención. Al levantarnos para efectuar las presentaciones, Julio ya estaba diciendo alguna locura respecto a su insólita semejanza con un célebre actor. El resto disolvía en risas la brusquedad de la situación. Por el contrario, a mí se me congeló el rostro. Mientras sentía cómo la sangre se agolpaba en mis mejillas y la saliva huía del paladar, constaté aquello que no por improbable parecía menos cierto: a escasos centímetros de mí, sofocando el jolgorio tras la amiga que se había decidido a interrumpirnos, estaba "la chica Coldplay". No había pasado un mes desde nuestro primer encuentro y volvía a tenerla frente a mí, mirándome de nuevo, esta vez con la muda complicidad del reconocimiento. En cuanto pasó el primer alboroto causado por la intrusión, fijó sus ojos en mí con la misma fuerza del río que se desborda. Ella se llamaba Verónica y su compañera Soledad. Madrileñas, veinteañeras, estudiantes de último curso de Bellas Artes en la Complutense. Asiduas de las bibliotecas públicas y las cafeterías céntricas. Amantes de la literatura americana y la música inglesa (esto ya lo había deducido) y del cine en versión original (un diez a mis dotes de adivinación). Todo ello nos lo hicieron saber en algún momento de la distendida charla que tuvo lugar entonces: desplazaron sus sillas y bebidas hasta nosotros y a partir de ese momento fueron el centro de nuestra consideración; como no puede ser de distinta manera ante cuatro hombres, por mucho que dos de ellos estuvieran casados y otro con pareja estable de su mismo sexo. Quedó patente que la identificación de Esteban con Auster sólo había constituido el necesario pretexto para interrumpirnos, pero nunca supe si la artimaña se debió al empeño de Verónica por conocerme o, más bien, al animus iocandi de ambas por desmantelar la plática erudita y jactanciosa que estaba desarrollándose junto a ellas. Tenemos comprobado que las tertulias literarias en lugares públicos suscitan determinadas reacciones en quienes nos rodean, a saber: desde las miradas de soslayo censurando la inconveniencia de según qué opiniones, hasta el indisimulado interés por mantenerse a la escucha ante la controversia que generamos. Se diría que Verónica y Soledad llevaron tan lejos esta segunda reacción que decidieron unirse a nosotros por las bravas. Fueron muy bienvenidas, especialmente por el doctor, que se atribuyó luego el mérito de la conquista. También por Julio: rivalizando con Esteban, desempolvó sus habilidades de embaucador del género opuesto. No tanto por Adrián, que tras la sorpresa inicial se mantuvo bastante al margen. Y secretamente por mí, ambicionando a Verónica sin ser capaz de desviar la mirada, remiso a intervenir por miedo al ridículo. Mi parálisis facial quedó abolida cuando, aprovechando una disputa entre su amiga y los dos seductores sobre la profundidad de las letras de Radiohead, ella inquirió:
–El otro día estabas en La Metralleta, ¿verdad? –bajó la voz para certificar la privacidad de la pregunta. Parecía más comedida que Soledad, por lo tanto me incliné a pensar que todo era iniciativa de ésta, y que Verónica se dejaba llevar tal vez sin ni siquiera confesar a su amiga que ya me había visto antes.
–Sí.
Silencio incómodo propiciado por mi habitual torpeza. A nuestro lado, las provocaciones de Julio se confundían con la afectación de Esteban; o quizá fuera al revés, tenía dificultades para escucharlos.
–¿Vienes mucho por esta zona?
–Cada jueves nos reunimos aquí, en el Central –enseguida me maldije por proporcionar ese dato: constituía una tácita invitación a contar con su presencia, una proposición para seguir viéndonos. Aunque, qué demonios, seguí maldiciendo, ¿no es eso lo que quiero?
–Nosotras tenemos clase de ballet cerca de aquí, pero hoy se han suspendido por enfermedad de la profesora –sentí una punzada de alivio sustituida de inmediato por una llamada al orden de mi virilidad. Me dejé llevar por esta última, en una concesión al infortunio que no suelo permitirme, por razones obvias.
–Podemos quedar antes, o después. De las clases, quiero decir –su mano derecha se detiene alzando la copa de refresco sin gas ante sus labios. Son carnosos, estilizados pero rotundos como el resto del cuerpo que tanto me atrajo en la tienda de discos. Esboza una sonrisa trémula, avergonzada. Devuelve la copa a la mesa y acaricia, absorta, un bucle de su cabello rizado y ocre. Los segundos adquieren la solidez de una roca que me golpea en la sien. ¿No crees que es demasiado pronto para eso?, me dice finalmente. La cabeza se me inunda con la melodía triste y el sonido quebradizo de Coldplay. No aparta la mirada hasta que yo lo hago. Tiene las pupilas negras y el iris afilado como el de un felino. Me quedo sin habla, la saliva puesta en fuga y las palabras negándose a obedecer. Esto fue lo que escribí en el cuaderno cuando me quedé solo en el camino de vuelta a casa. A bordo del metro, anoté lo ocurrido con cierto desapasionamiento, más para tomar distancia que para mitificar el desastre. No hubo amonestación ni enfado en su voz al pronunciar la frase crucial, tan sólo frialdad. Una frase que dejaba la puerta abierta a la esperanza del insensato pero la cerraba al sentido común del hombre mortal. Después, un comentario altisonante de Esteban, o puede que fuera de Julio, llamó mi atención y me rescató del naufragio. Verónica y yo salimos del aparte como se regresa de un sueño, con la sensación de no haber estado nunca allí.

Final de la octava entrega.

3 comments:

Julio Abelenda said...

Bueno bueno, qué decir... He leído con inmoderado y malsano morbo esta entrega donde nos regalas la aparición estelar del Gran Gurú; luego he ido al Gran Gurú y, entre otras oraciones y pleitesías, le he informado de tu pecado... Espera su ira, pues. Y no me digas que me he ido otra vez de la lengua, estoy seguro de que en el fondo lo deseabas y hasta lo tenías previsto. Ahorrémonos el juego de rol tan habitual en estos casos... ;P

En cuanto al relato en sí, entre los párrafos de publireportaje, se cuela esa deliciosa escena "torpe-sentimental" que me parece, maldades aparte, lo más interesante de esta entrega. En el habitual "guess who" que propones, reconozco las palabras de la chica ("¿no crees que es demasiado pronto para eso?"), que por suerte no me tocó escuchar a mí (te me adelantaste en el intento, como casi siempre); lo que no termino de reconocer son los rasgos, pero como siempre mezclarán los de mil personas/personajes de nuestro pasado/futuro probable... Y ya me estoy haciendo un lío.

En fin, sigue dándole.

Anonymous said...

Amigo republicano:
aun sin estar de acuerdo con un retrato en exceso altisonante que hace de mi persona, le felicito por su voluntad y energia, su afan para "contar", su vocación de cuentista redomado. En unas memorias más fieles a lo ocurrido, no debería haber pasado por alto el tímido pero eficaz encanto que desplegue en la cafetería hacia el grupo de señoritas, mientras nuestros comunes amigos no hacían más que balbucear sandeces y repetir contraportadas.

Quid pro quo

L. Esteban.

Agustín Lozano de la Cruz said...

De acuerdo, como buen "cuentista redomado" recojo el guante del caballero L (guante que mas bien, todo hay que decirlo, fui yo el primero en arrojar al tendido para que luego el mordaz Abelenda fuera con el recado a su mentor) y me dispongo a seguir en la brecha con estas azarosas y no-muy-fieles memorias. Celebro en cualquier caso su visita, estimado Doctor.

En cuanto a nuestro querido amigo correveydile, debo decir que no esperaba menos de el, aunque como es habitual se ha extralimitado en sus funciones de Celestina (!) hasta el punto de revelar lo que solo ha de considerarse un artificio mas del invento. Andese con cuidado Sr. Abelenda en descubrir con tanta facilidad su acero, que le vienen estocadas a diestro y siniestro (a las ultimas palabras del caballero L me remito).

PD: Por que diablos traigo el tan traido lenguaje alatristenyo?? Eso es cosa de otro blog.