
Nada más entrar en la librería se apoderaba de uno la sensación de penetrar en un santuario laico, en un templo de paganos dioses de la literatura representados por láminas con los retratos de Borges, Kafka, Cortázar. Había concesiones a lo trivial, de algo hay que vivir: una amplia sección de prensa y papelería, un estante con las novedades más vendidas, otro repleto de cuentos infantiles. El resto dejaba claro al visitante que se encontraba ante una librería singular: por la amplitud de sus dimensiones (el espacio entre pasillos, ideal para detenerse a hojear libros sin reparo) y de sus fondos, por la amabilidad del dueño y sus empleados (entre los que me conté durante un tiempo), por la mesa y el banco de madera que, junto a la máquina de café, presidían el final del segundo corredor girando a la derecha. Toda una invitación a sentarse y dialogar con otros clientes o con los libros depositados en aparente desorden sobre la mesa. Si La Bohème de lunes a sábado y en horario de apertura al público podía considerarse un lugar diferente, emparentado con la comunidad de librerías selectas del mundo (aquellas que recomiendan las inevitables guías turísticas pero también los viajeros y los libreros y los escritores), la noche de cada jueves adquiría características insólitas. Con la puesta de Sol caía el cierre metálico a media altura (oscurece tarde en el sur) dejando espacio suficiente para introducirse en su interior a los iniciados en la suerte de conjura o conciliábulo que se desarrollaría a continuación: una tertulia literaria. Los adoradores de los mitos colgados sobre las paredes, en número tan voluble como lo eran sus puntos de vista, tomaban la esquina situada al término del segundo pasillo a la derecha. Habría una lectura común que comentar: un relato de Nabokov, unas líneas febriles de Pessoa, un brindis a la imaginación de Bradbury, un cuento de Dylan Thomas. Pasada la primera fiebre analítica se daría ocasión de polemizar, luego de hablar de otros asuntos, ajenos incluso a la literatura. Cada noche de jueves el ritual tomaba forma corpórea entre los tertulianos, la fauna allí congregada tan antagónica como arquetípica: la pareja de pedantes parapetados tras su saber enciclopédico, el profesor de matemáticas loco por la ficción científica, el doctor experto en provocaciones, la fémina erigida en portavoz de su género, los jóvenes discípulos del librero tratando de ponerse a la altura de las circunstancias, y etcétera. Ninguno de ellos ejercía de pontífice o maestro de ceremonias, ni siquiera el librero que en su timidez prefería regocijarse en la comunión semanal de voces dispares, para algunos denominada amistad. En ocasiones el efecto producido podía ser una simple yuxtaposición de egos inflados de opiniones. En otras, por el contrario, se daba una extraña sintonía de pareceres, que aun con sus diferencias generaban el placer que produce escuchar un discurso o una conversación mediante las palabras exactas y más apropiadas, la forma idónea de expresarse. Entonces la ceremonia se convertía en vehículo para el placer de la mente y de los sentidos, como lo es contemplar una pintura o cualquier otra obra de arte.
La tertulia de La Bohème fue ganando en consistencia, engarzada por nuevos proyectos como la revista de literatura y crítica primero y el desafío entre los autores después. Poco a poco, según los asistentes se desprendían de la medida prudencia inicial, se fue descubriendo que buena parte de ellos tenían ínfulas de escritor, que jugueteaban con las letras tanto como con la idea de ver su nombre impreso en las tapas de un libro. El doctor asumió cierto liderazgo en el empeño y alumbró la creación de una revista llamada como una criatura imaginaria salida de la mente de Kafka, el minúsculo odradek, donde los más atrevidos vieron al fin su nombre publicado en los créditos. Para entonces, mientras la tertulia se mantenía viva como el primer jueves, con alguna deserción y nuevas incorporaciones, La Bohème había sucumbido bajo el peso de su éxito y reducidas ganancias. Un dramático pero insoslayable error de cálculo hacía imposible su supervivencia: no estaba situada en el corazón de una gran ciudad europea, junto a su casco histórico y al lado de una o varias cafeterías sobresalientes, sino en un ángulo muerto de una plaza en construcción de un barrio residencial a las afueras de una capital de provincias. Clausurada la librería, los tertulianos mudaron su inquietud a un local contiguo que, como La Bohème, se equivocaba en sus aspiraciones de encontrarse en una metrópolis. La criatura odradek llegó a conocer tres números editados en año y medio de vida, los escasos ejemplares perdidos ahora en las estanterías de la ciudad. Sin embargo, se diría que cada uno de los tertulianos conserva un odradek como amuleto remetido en un bolsillo del abrigo o del bolso o de la maleta, así fue al menos en el caso de Adrián a su llegada a Madrid. Lo mantuvo presente en su ánimo hasta el reencuentro con Julio y conmigo, ambos ignorantes de que, en efecto, entre el equipaje se nos había colado un recuerdo de tiempos mejores, más felices por ingenuos. Una época que estábamos dispuestos a reproducir, a pequeña escala y en una sucursal sin libros pero con la misma música de jazz, con idéntico sabor al grano tostado de las letras: en el Café Central.
Final de la séptima entrega.
3 comments:
Hermoso y melancólico homenaje a la que será siempre nuestra librería. Esta entrega es un punto más tristona, en ella se ve flotar el "espíritu abeléndico". Me gusta.
Ahora seguiré atento a lo que les ocurre a los protagonistas en ese segundo round madrileño.
Nunca hubo un Café Central que sustituyese el café de máquina de La Bohemia. ¿Pero y si las cosas hubiesen sido de otra forma? ¿Qué nos hubiera pasado de cumplir nuestros sueños cosmopolitas de la facultad? ¿Habríamos conseguido ser escritores en Madrid? ¿O nos habríamos transformado en un grupo de mileuristas supervivientes devorados por la ciudad?
La respuesta está en tu imaginación y en tu talento.
Seguiré leyéndote. Un abrazo fuerte.
Sigh, felices éramos entonces... De este publireportaje sobre una de las épocas más luminosas de nuestro pasado (quizá la que cierre un importante periodo de aprendizaje) extraigo dos cosas: la sensación de que todo lo que fue será (siquiera en el recuerdo, o en un cuaderno, o en un blog, o...); también, la hermosa idea del odradek como amuleto que uno aferra para recordarle quién fue, quién quiso llegar a ser, quién le espera quizá en el horizonte...
(Eso pasa por invocar los "aires abeléndicos")
By the way: tu proyecto ha desencadenado un pequeño terremoto que, por una vez, quizá vaya más allá de nuestros ánimos: una ola de revisionismo histórico (ein?) que nos anima a contar nuestra propia versión de la historia común, as we lived it... Espera resultados (o no).
Lo dicho, un abrazo también.
Ola de revisionismo? Esperar resultados? Se puede saber que te traes entre manos?
En todo caso, parece que Javi ha resucitado tambien su viejo Kuaron, asi que esto realmente va en serio jeje.
Gracias por vuestro apoyo.
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