Wednesday, April 25, 2007

Café Central X

Aquel sábado volví a ver Segundos fuera, en directo y por lo tanto con pausas para la publicidad incluidas. En parte a causa del agotamiento acumulado desde el día anterior, que me hizo abandonar toda intención de salir de marcha; en parte por la incipiente aunque malsana curiosidad que me producía el que iba a ser mi nuevo empleo. Javi había quedado para tomar unas copas con sus compañeros de gimnasio. Me acosté leyendo el ejemplar de V de Vendetta que tenía en su habitación, formando parte de una interminable colección de cómics que bien podría pasar por una prolongación de las estanterías de El Baluarte. El domingo por la mañana no paró de sonar el teléfono. Primero mi madre, inquieta por la reciente noticia de mi cambio de trabajo, ávida por recibir explicaciones y dar consejos. Luego llamó Julio. En un tono nada afable, supuse que producto de la resaca del programa, expuso algunos detalles burocráticos de cara a mi entrada en Quórum. Colgó enseguida, sin darme tiempo a sugerir una cita para la tarde. Por último fue el doctor Esteban quien interrumpió de nuevo mi aletargamiento en el sofá. Dejaba Madrid esa noche y deseaba volver a vernos para despedirse. Díselo a los niños, me pidió con ironía, y también a esas chicas que me confunden con otro, añadió con ánimo juguetón. Ignoraba si Julio o él habían conseguido el teléfono de Verónica o Soledad, desde luego no me lo pareció en su momento. A pesar de no fiarme de mis recuerdos embotados por la "decepción Coldplay", preferí creer que no habrían llegado tan lejos y omití el asunto cuando devolví la llamada a Julio para, ahora sí, quedar unas horas más tarde. ¿Dónde? En el Círculo de Bellas Artes, a petición de Esteban. ¿Quiénes? Sólo nosotros tres, pues Adrián se disculpó alegando una inaplazable visita familiar al Planetario, previo paseo por el parque Tierno Galván.


La tarde se calentaba con el tardío Sol de noviembre, agradable al tacto, aunque interrumpido por las ocasionales ráfagas de viento que tumbaban las hojas de los árboles como heraldo del cercano invierno. Anduve desde mi calle hasta Alcalá, bajando por la mediana de Recoletos. Había olvidado por completo que seguía abierta la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión. Lo que a la altura de las primeras casetas sólo fue un pequeño recreo al pasar, se convirtió rápidamente en hojear de libros y espionaje de transeúntes a medida que avanzaba por la feria. Adoro el poder de distracción de las librerías tanto como observar a quienes las frecuentan. Deformación profesional, supongo. Me detuve a echar un vistazo a una pila de periódicos de los años treinta y cuarenta. Nunca los compro, pero me satisface contemplar su papel dorado por el desgaste, las noticias de guerra, el afán coleccionista que desprenden. A mi lado, un anciano de sombrero calado y bastón a media altura preguntaba por libros de un fotógrafo húngaro miembro de las Brigadas Internacionales, o eso creí entender. Fue sustituido por una joven intrépida que bombardeó al librero con preguntas acerca de los diarios que yo andaba revisando, en concreto sobre los publicados durante el asedio a Madrid. Me pareció que, tan lejanos en edad, ambos personajes tenían mucho en común y sería una suerte que llegaran a conocerse. Perdí la noción del tiempo hasta que un minúsculo huracán me azotó la cara, llevando consigo el agua fría de los estanques de Recoletos. Entonces fui consciente de mi dilación y aceleré el paso al llegar a Cibeles, girando luego a la derecha para subir a Marqués de Casa Riera.


Ingresé en el Círculo de Bellas Artes con el atropello propio de la prisa. Después de disculparme y abonar el euro de entrada que olvidaba ya dejar, perdí unos segundos más en localizar la mesa de Ladislao Esteban y Julio San Sebastián. La cafetería rebosaba actividad: clientes solitarios leyendo el periódico dominical, camareros que no daban abasto, grupos de amigos y discutidores, un trío de conocidos actores esquivando los dedos señaladores de la plebe. A pesar de la urgencia por llegar a mi destino, aunque localizada ya la mesa en cuestión en el lado opuesto a la barra, volví a sufrir un despiste al deslizarme entre una pareja que mantenía un duelo de miradas y libros, él mayor que ella y más nervioso. Parecía que estuvieran intercambiando regalos. Por un momento me sentí en la piel del chico, yo que tan proclive soy a obsequiar con buenas lecturas a mis amistades, sobre todo a las femeninas. No fue mucho más de un instante, imposible detenerme junto a ellos sin llamar la atención. Al pasar de largo pensé en tomar nota de la escena en el cuaderno, tenía ese carácter sugerente que puede llegar a transformarse en literatura. Mientras despejaba la silla que habían reservado para mí, colmada de abrigos y bolsas, la conversación de Julio y el doctor continuaba, sin mediar más saludo que los respectivos movimientos de cabeza.
–No sé qué más puedo decirte, fuera de lo que ya sabes: no abandones la medicación bajo ningún concepto. Tampoco la incrementes, no te hace ninguna falta.
–De acuerdo –repuso Julio, para añadir tras una pausa en busca de su bebida–: Todo va bien si no se mezcla en mis asuntos, pero cuando lo hace resulta insoportable, y eso unido al estrés de la emisión...
–Tal vez ahora que pasas a otro programa te moleste con menos frecuencia. El cambio te vendrá bien. Aunque no dejes de trabajar en el mismo lugar, un nuevo proyecto siempre trae nuevos aires.
–¿Me estoy perdiendo algo, chicos? –fue mi manera desenfadada de entrometerme en su diálogo. No me gusta ser testigo de palabras que no comprendo o sólo entiendo a medias. Sabía que Julio se medicaba por sus problemas depresivos, y me era conocida su asfixia ante la presión que soportaba en la productora. Tampoco podía sorprenderme su confianza hacia el doctor Esteban: detrás de la mutua rivalidad intelectual siempre habían mantenido una sana amistad, no era de extrañar que le pidiera su opinión como psiquiatra. Sin embargo, se me escapaba lo relativo a que alguien anduviera molestando a Julio.
–Se trata de Armenteros –informó. La expresión de su rostro era grave y las ojeras prominentes. Delante suya habían servido una infusión, detalle aún más preocupante–. Te he hablado de él, estuvimos saliendo un tiempo –asentí para indicarle que recordaba al tipo, el conductor del telediario de la noche, un guaperas engreído que nunca me gustó para Julio–. Desde que lo dejamos se ha vuelto paranoico, piensa que voy a revelar su homosexualidad y anda como loco por la redacción, visitándome cada dos por tres para asegurarse de que nadie sabe nada. No aguanto a quienes van de liberales y luego se niegan a salir del armario, pero que la tome conmigo, es intolerable.
–Esperemos que a partir de ahora te deje en paz –terció Esteban. Tenía las manos alrededor de su taza de expreso sin azúcar, como protegiéndose del frío. No obstante, el ambiente de la cafetería era bien cálido, las ocasionales ráfagas de viento sólo perceptibles por el balanceo de los árboles que quedaban más allá de la cristalera–. En todo caso, vas a tener un buen guardaespaldas en el programa, según tengo entendido –añadió dirigiéndose a mí. Era mi turno de dar explicaciones.
–En efecto. Como me han dicho últimamente, siempre será mejor que trabajar para el Opus. Quiero decir para el Grupo Tora.
–Permitidme que os lo haga saber: para mí, ese programa está condenado a triunfar, y morirá de éxito: irresistible la mezcla entre telebasura y familia real. Lo peor de cada casa. No durará mucho, pero no me lo pienso perder ni un solo día –Julio y yo sonreímos, a sabiendas de que el doctor exageraba para complacernos.
–Por cierto –afirmó Julio, saliendo de su ensimismamiento–. Aunque no es definitivo, ya tenemos título para el programa.
–Sorpréndeme –dije.
–No sé si deseo saberlo –añadió Esteban.
Quiero ser como Juancar.
–¡Horror! –gritó el doctor, quitándome la palabra–. Rectifico: no pasará del estreno, pero lo grabaré para que exista constancia documental del intento.
Julio volvió a sonreír, esta vez tan fugazmente que ni siquiera levantó la vista de la taza de manzanilla. Nos quedamos en silencio porque su cara estaba adquiriendo una coloración lívida, casi transparente. Echó mano de la cartuchera que solía llevar a modo de bolso, y se dirigió al baño, sin mediar palabra.
–Está claro que no se encuentra bien –acerté a decir.
–Arrastra problemas desde hace años. Me ha pedido que te lo cuente, antes de que llegaras. Aprovecha cuando vaya al servicio, dijo, aunque tal y como se ha ido no parece que fuera sólo para darnos ocasión de hablarlo. No sé por qué prefiere que lo sepas a través mía, en todo caso no quiere que empieces a trabajar con él ignorándolo. Sus trastornos depresivos provienen de la época en que comenzó a salir con hombres, al principio alternándolos con chicas... bueno, esa parte es su vida privada, que sea él quien te dé detalles si lo considera oportuno.
–No te preocupes, continúa.
–Disculpa. No han sido depresiones importantes, hasta que rompió con ese tal Armenteros, el presentador. Desde entonces se han vuelto de mayor gravedad, quizá lo hayas notado tú que has estado más cerca suya.
–Realmente no, porque desde que vivo en Madrid sale con Arturo, lo de ese tipo fue anterior. Sí es verdad que tiene días malos en el trabajo, supongo que cada vez que se topa con él, ahora sé el motivo. Un caso de acoso laboral, podemos decir.
–Así es. Lo que tiene que hacer es seguir acudiendo a su especialista, seguir sus indicaciones, y procurar mantenerse lejos del presentador, aunque esto sea lo más difícil. Contigo en la redacción, tal vez sea diferente.
–Algo podré hacer. No soy ningún matón, pero algo podré hacer –repetí más para mí mismo que para Esteban. En ese momento regresaba Julio, con el rostro aparentemente despejado de tribulaciones. Venía con tal ímpetu que a punto estuvo de chocar con la camarera que se disponía a servirme el manchado.
–Perdón –musitó para luego elevar el tono de voz–. Chicos, tanto hablar de tonterías y hemos olvidado el asunto de moda: nuestro querido escritor, aquí presente, tiene una novela entre manos.
Ahora sí me pilló por completo a contrapié. Llevaba días sin retomar Tempus fugit y Julio sacaba el tema delante de nuestro maestro de las letras particular, don Ladislao Esteban. Menudo embrollo.
–Caramba, cómo es eso –exclamó el doctor.
Resumí de nuevo mis intenciones, al igual que hice dos días antes con Javi. El caso es que desde entonces (demasiado tiempo para pensar durante el aburrido sábado) el cuaderno se había llenado de dudas, algunas casi infranqueables. Me estaba atenazando la responsabilidad de tener cerca a una persona comprometida a leer mis avances con criterio de crítico. Y la perspectiva de enviárselo todo a Esteban, como acababa de pedirme, también me asustaba. Así que, tras exponer la idea y escuchar los atentos comentarios del líder de la vieja tertulia, emprendí una huida hacia delante.
–De todas formas, es posible que aparque el proyecto de ciencia-ficción para abordar algo mucho más pegado a la realidad.
–¿De veras? –dijo uno de ellos. Yo estaba demasiado nervioso como para recordar cuál de los dos.
–No irás en serio –dijo el segundo.
–Estoy pensando en un relato real, ya sabéis a lo que me refiero. Una crónica más o menos sentimental de lo que estoy viviendo en Madrid. Tiene que ver con vosotros, y con Adrián, y con más gente.
–¡Voy a ser uno de tus personajes! ¡Totalmente! –gritó de manera inconfundible un eufórico Julio San Sebastián.
–Mmm... el chico se está haciendo mayor... interesante –murmuró, de forma no menos característica, el doctor Ladislao Esteban.

Final de la décima entrega.

6 comments:

Anonymous said...

Qué fuerte! Emplearnos como personajes de tu novela...!
Y yo como me llamaré? Luis Miguel o algo similar?

No doy crédito :P

Anonymous said...

ein? pero si respondes a tu propia pregunta con el nombre de quien escribe el mensaje!! Creia que ya lo sabias, no leiste alguna de las primeras entregas??

me parece que hoy no has tomado suficiente cafe ;-)

Anonymous said...

¡Increíble lo del crossover "Guerra ha de haber"-"Café central"!¡Si es que, al fin y al cabo, siempre seremos unos comiqueros!

Me parece interesante que intoduzcas algo de oscuridad en los personajes: La depresión de Julio encaja bien con el tono agridulce que debería tener esta historia.

Por otra parte, el juego de espejos me parece cada vez más laberíntico. Parece que finalmente el narrador va a escribir esta historia, que es nuestra historia alternativa protagonizada por yoes que viven en un Madrid del 2007 paralelo... ¡Uff! ¡Dickiano! ;-)

Sigue dándole duro. Es divertido leer nuestras peripecias al otro lado del espejo

Anonymous said...

Jeje.. gracias Javi, como se nota que eres un lector fiel, has captado enseguida la auto-referencia (parece mentira, pero al final he seguido el ejemplo tan denostado de Abelenda y sus autocitas).

Me alegra que te guste el tono oscuro, a mi no me convence demasiado y creo que tengo que seguir trabajando en ello, pero por algún lado tenía que empezar.

Y esta vez compruebo que no sales en defensa del buen doctor, ya te avisé de que no había para tanto.

Nos seguimos viendo al otro lado del otro lado del espejo.

Anonymous said...

Creo que no lo has cogido (o no he hecho bien el juego...) :P

Quería representar el reflejo de un espejo en otro, simular real la ficción y ficción la realidad, alternando los nombres de 2los personajes"...

Llevo leyéndote desde el princio.
Un abrazo.

Anonymous said...

ahhh... ahora lo comprendo, ya me extrañaba.. si es que hasta yo mismo me pierdo entre tanto crossover y juegos de espejo!!

Gracias por estar ahí desde el principio. Otro abrazo.