Monday, March 05, 2007

Café Central IX


–¿Qué estás leyendo? –pregunté a Javi al día siguiente, un viernes de noviembre. Llovía en la ciudad y los dos nos encontrábamos tumbados en el sofá (cada uno en el suyo), bostezando y sin ánimos para bajar a la calle. Tanto para Javi como para mí, los sábados constituían el día más complicado de la semana, por lo que cada viernes nos veíamos obligados a reunir fuerzas de cara a la mañana siguiente. No siempre, más de una vez nos habíamos dejado llevar por alguna invitación a salir o por el rumor de juerga que subía, sin oírse, desde las manzanas circundantes. Aquella noche no, en cualquier caso: yo andaba convaleciente de la derrota propiciada por, olvidemos su verdadero nombre, “la chica Coldplay”. Bastante tenía con no pensar en la inminente jornada laboral del sábado, cuando me correspondía la fatigosa tarea de atender a los clientes y manejar el dinero de la caja, cosa que prefiero evitar. Para mi amigo librero, solazado en su sofá con los enormes pies sobre la mesa, se trataba del día preferido por las hordas adolescentes para tomar El Baluarte y jugar sin descanso a rol, cartas, figuras de plomo.
–Nada. Literatura fantástica.
–¿Una novela? Pero si no tiene cubiertas ni nada. ¿Es de algún colega tuyo?
–No exactamente. En realidad... –hizo una pausa para bajar el volumen del directo de Jeff Tweedy. Cuando Francisco Javier Ruipérez, maniático de la música bien alta, hacía tal cosa, es que tenía algo importante que decir. Dejó al líder de Wilco entre canción y canción, tonteando con la armónica mientras distraía al público con uno de sus monólogos–. ¿Conoces la editorial Laberinto? Me pagan por leer novelas pendientes de publicación. Les envío mis recensiones y en base a ellas deciden si un libro sale a la venta o no. Tampoco es que sigan mi criterio siempre, ya he visto en la tienda un par de títulos que me parecieron aborrecibles.
–Qué interesante, no tenía la menor idea. ¿Se da también el caso contrario? Quiero decir si hay obras que has recomendado pero no han llegado a publicar.
–Por lo general no. Cuando llegan a mis manos ya han pasado varios filtros, y lo que Laberinto quiere es la opinión de un lector empedernido, para calcular la tirada y cuánto van a gastar en promocionarlo. Si les digo que es bueno pero que se venderá poco, hacen una tirada corta o incluso se echan atrás por un tiempo; si me parece flojo pero a la altura de las expectativas del género, siguen adelante.
–Confían bastante en tu criterio, entonces.
–Según se mire. Más bien creo que si trabajan conmigo es por la rapidez con la que obtienen las recensiones.
–¿Y qué piensas cuando ves uno de estos libros en las estanterías? De alguna manera están allí gracias a ti.
–No le doy importancia. Es lo que he hecho siempre: leer novelas y recomendarlas. Es otra forma de ser librero.
Javi se incorporó hacia el portátil y elevó el volumen del concierto grabado durante la gira Sunken treasure. Daba por concluida la conversación. Sin embargo, me resistí a aceptar su gesto. Tenía un asunto que compartir con él, sumado a otro que se me acababa de ocurrir. Pedí permiso para sustituir a Jeff Tweedy por Gladiator, lo que me daba ocasión de seguir hablando sin inquietarme por su sonido. Manteníamos una curiosa sintonía en cuanto a gustos musicales: Javi ofrecía su inmensa colección de rock duro y bandas sonoras; yo aportaba los pocos álbumes que me había ido comprando en Madrid, siempre a la última moda del rock alternativo. Lo divertido es que solía ser él quien pinchaba mis discos, y viceversa.
–Estaba pensando, por lo que contabas, que tu juicio sobre un libro es una buena manera de valorar su calidad, de saber si podría llegar a publicarse.
–Supongo que sí.
–Lo digo porque estoy escribiendo una novela, y me gustaría conocer tu opinión.
–¡Estás escribiendo una...! Cómo no me lo has dicho antes. Quién iba a pensar que tengo por compañero de piso a un escritor.
–Aprendiz de escritor, en todo caso.
–No empieces con falsas modestias. Cuéntame, ¿de qué va el asunto?
Resumí pues el argumento de mi Tempus fugit, satisfecho por su interés pero al mismo tiempo arrepentido por no compartir mi proyecto con Javi hasta aquel momento. Debería haberlo hecho mes y medio atrás, a raíz del traslado a su piso, en lugar de esperar a averiguar que podía serme útil habida cuenta de su trabajo para una editorial. Me sentí como un aprovechado, aunque a él no pareció importarle mi oportunismo. Antes al contrario, celebró mi revelación con entusiasmo y un par de latas de cerveza. Desde entonces comencé a ser consciente de que conocía poco a Javi, apenas en la superficie: a lo largo de nuestra convivencia tendría nuevas ocasiones de dejarme sorprender, y mucho. La noche acabó con comida china encargada por teléfono, de madrugada, felices de hablar una vez más de las referencias literarias que compartíamos, ahora a la luz de mis propósitos creativos. En algún punto de la charla, que volvió luego por sus fueros, hice uso de una interrupción musical (de Gladiator pasamos a Last action hero, después a Havalina Blu) para deslizar el tema que venía madurando en mi cabeza, aunque adivinaba su respuesta.
–Por cierto, quería comentarte que dejo libre mi puesto en Tora, quizá te pueda interesar. Si les digo que conozco a alguien competente para sustituirme, seguro que te contratan.
–¿Me estás diciendo que marchas a la televisión? –el rostro de Javi, por lo habitual poco expresivo, parecía deformado según enarcaba las cejas y arrugaba la frente con las trazas de una caricatura.
–Sí. Bueno, empiezo en diciembre. Lo del nuevo programa va en serio.
–Como diría el agente Smith: una de sus dos vidas no tiene futuro, señor Anderson –sentenció justo antes de echarse a reír. No había burla sino complicidad en su reacción, de modo que lo acompañé en la risa, no en vano acababa de usar una de mis frases favoritas de The Matrix.
–¿Y lo del Grupo Tora, qué te parece? Creo que ganarías algo más que en El Baluarte, y está más cerca de aquí.
–El Opus, ni hablar. Eso sería trabajar para el enemigo, como tú dices. Te lo agradezco, pero me quedo con mis cómics. Prefiero mis mundos de ficción a los suyos.
Sonaba Liquid heart, mi tema favorito del segundo álbum de Havalina blu, un grupo madrileño poco conocido salvo para quienes frecuentamos El Baluarte, donde el vocalista de la banda pasa sus ratos libres jugando a las cartas. Su música era la única excepción que permitía Javi escuchar en la tienda, quizá por ello empezó a consentir alguna variación después, tanto en El Baluarte como en nuestro piso. Superado el trámite de mi ofrecimiento, volvimos a hablar de libros. Las latas de cerveza fueron sustituidas por sendos cubatas, en un exceso fuera de toda norma para las noches de los viernes. Ya de madrugada, bajamos el volumen y procuramos conversar en voz baja, dados los antecedentes de protestas vecinales en un bloque de viviendas cuyas paredes poseían las propiedades translúcidas de las cortinas. Fue en un susurro apenas audible, ahora al compás de la banda sonora de Gattaca, como llegó a mis oídos la siguiente sorpresa a cargo de mi tendero favorito.
–Tengo un plan para el estreno de V de Vendetta –afirmó con una solemnidad contraria a las risas y al tintineo del hielo en los vasos que precedieron la extraña frase. Luego se quedó callado, como si meditara las palabras a escoger para proseguir con suma delicadeza. Dada la trascendencia que tendrá esta revelación de Francisco Javier Ruipérez, aprovecharé su silencio para ilustrar al lector: V de Vendetta es un cómic de Alan Moore, considerado el autor de novelas gráficas más brillante del universo (con el permiso, según el propio Javi, de Frank Miller y su Regreso del Señor de la Noche). En esta obra, escrita en los setenta, Moore anticipa una Inglaterra del futuro dominada por un gobierno totalitario que extrema las medidas de vigilancia de la población, al modo del 1984 de George Orwell. El único que parece resistir al atropello de las libertades es el protagonista, llamado V, el cual viste siempre una máscara de ópera y se inspira en Guy Fawkes, un precursor del anarquismo que intentó volar el parlamento británico allá por el siglo XVII. La adaptación cinematográfica llega bajo la batuta de los hermanos Wachowski, creadores de The Matrix, con los papeles principales interpretados por Hugo Weaving (a juzgar por su voz y por los créditos, ya que la máscara de V obliga a ocultar el rostro durante la totalidad del metraje) y por la frágil Natalie Portman.
–¿Un plan? ¿Qué quieres decir con un plan? –acerté a decir en medio del cansancio y de la ginebra con limón.
–Tengo mis ahorros, ¿sabes? Lo que estoy ganando con Laberinto. Ahora que vas a pagarme un alquiler, puedo gastarlos sin problemas –en cierto modo, esto último me hacía ya cómplice involuntario de su plan–. Quiero darle un gusto a los chavales –Javi se refería así a los incondicionales de El Baluarte. Se expresaba con frases cortas y mirando al infinito. Empecé a lamentar mi idea de sacar el poco alcohol que teníamos en casa–. Voy a encargar varias cajas. Creo que con medio centenar tendremos bastante.
–¿Cincuenta cajas de qué? –pregunté no sin cierta alarma. Javi seguía hablando con la mirada perdida, parecía inmerso en un trance hipnótico.
–No, cincuenta máscaras. No sé cuántas vienen en cada caja, tengo el catálogo en la tienda. Voy a regalarlas entre los chavales, con la promesa de que acudan juntos al estreno. Será espectacular. Cuento contigo.

Final de la novena entrega.

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