
Si alguna vez me detuve a contemplar el programa sólo fueron los instantes inevitables del zapping, del que tanto se abusa. Quizá me demoraba un poco más porque tenía que ver con Julio y me llevaba a pensar en él, tratando de adivinar su sello tras la estridencia de los diálogos. Aunque resultaba harto difícil encontrar una frase ingeniosa en el presentador, cuando la había estaba seguro de que era obra de Julio, de su guión. El programa en general no era mucho más que la mencionada y burda pantomima de un combate de boxeo, aderezada con la escasa gracia del presentador, llamado Roberto Rodríguez, tan zafio y repetitivo como su doble erre. De forma que, cuando el martes siguiente a nuestra última cita en el Central recibí en casa un paquete postal remitido por Julio, con un DVD titulado Segundos fuera nº 83 en su interior, comprendí que me tocaba pasar el mal rato de soportar íntegros los sesenta minutos de duración, aun sin anuncios. Lo estuve viendo en compañía de Javi, más acostumbrado que yo a la televisión. Mi tendero favorito y recién estrenado compañero de piso dispuso sendos cuencos de palomitas para acompañar la velada. Ante mi mirada de perplejidad, aseveró con el índice en alto: "ya conoces el adagio, la calidad de una película es inversamente proporcional a la cantidad de palomitas ingeridas durante su visionado. También se puede aplicar a la televisión". Tras unas breves imágenes con el resumen y las reacciones al programa del sábado anterior (en el cual la muy operada Ana María Oregón se había despachado a gusto con su ex marido el Marqués de Leite), Roberto Rodríguez apareció en el plató, disfrazado como siempre de árbitro de boxeo y sujetando los inefables tarjetones donde tendría escrito lo más destacado del guión de Julio, para no perderse entre tanta frase brillante. Primer plano del presentador y un rótulo con su nombre en pantalla.
–Mira, se llama igual que el director de cine mexicano, Robert Rodríguez –comentó Javi–. Hay que ver la diferencia que supone una simple vocal.
–... a los púgiles que hoy tenemos con nosotros –anunciaba con estruendo el presentador. Sonreía todo el tiempo, la dentadura blanquísima lo único amable en un rostro cuarteado y desagradable. Nariz hundida, pelo graso y abundante, orejas diminutas que casi llamaban a la risa–. A mi derecha, con 87 kilos de peso, desconocido para el gran público pero luchador experimentado: ¡Santiago Loarre, chofer de Su Majestad! –ovación y aplausos del público. La cámara enfoca a un tipo menudo, con bigote y peluquín y exceso de peso y de maquillaje, sentado con visible incomodidad en su esquina del ring–. A mi izquierda, con 65 kilos de peso, campeona mundial del periodismo del corazón: ¡Cristina Mercader, nuestra colaboradora especial! –ovación aún mayor para una treinteañera teñida de rubio platino, ojos a caballo entre el verde y el azul, más exceso de maquillaje, se diría que sin operar todavía, mirada penetrante y casi lasciva, enfocando ya a su víctima sin rastro de compasión.
–¿He oído chofer de Su Majestad? –musitó Javi con la boca repleta de palomitas–. No me puedo creer que vayan a hablar del Rey.
Yo tampoco salía de mi asombro, aunque empezaba a comprender los motivos de Julio para enviarme la cinta. Con el propósito de ahorrar fatigas al lector, resumiré su contenido en lo siguiente: la despiadada y hábil Cristina fue minando la resistencia de Santiago hasta obtener lo que perseguía, la confesión aun llena de sombras y contradicciones de al menos una infracción de tráfico sin sancionar en presencia del Jefe de Estado. Después de atravesar una maleza de anécdotas sobre la bonhomía del monarca y su disposición a la broma, el minúsculo chofer con nombre de castillo comenzó a autoinculparse hasta revelar el desliz, que arrancó las risas y aplausos de los espectadores, Javi y yo incluidos, regocijados más por la cara de espanto del invitado que por la ridícula gravedad del delito. El presentador declaró vencedora del combate singular a la periodista y nos emplazó hasta el programa siguiente, relacionado con el extraño caso de un vidente y su exorcizada amante. La velada de boxeo nos dejó un tanto decepcionados, con la sensación de querer saber más sobre los trapos sucios (a ser posible no menores ni insignificantes como el revelado) de la familia real. En ese momento, sustituidas por pizzas las palomitas y comentando la jugada, se produjo la llamada de Julio.
–¿Lo has visto ya? ¿Qué opinas? –preguntó con avidez, sin darme ocasión de contestar entre ambas cuestiones, dando por hecho la respuesta afirmativa a la primera.
–Te lo diré en dos palabras: expectación defraudada. Has conseguido que veamos el programa completo esperando una simpar confesión –con Julio solía dejarme llevar por mi pedantería, que él celebraba–, pero al final nada. Puros fuegos de artificio.
–Lo cual mantiene la atención del espectador. Hemos recibido decenas de llamadas de los televidentes, pidiendo más, y obtuvimos la mejor audiencia del día, con los picos de share más altos en la trayectoria del programa –a mis notas pedantes contraponía su sinfonía de términos técnicos, que yo odiaba sobremanera.
–Y piensas que ha sido por hablar del Rey, aunque fuera de forma tan indirecta como irrelevante –me tocaba a mí abusar de adjetivación menospreciativa del programa, cosa que Julio siempre encajaba con soltura por cuanto era su primer y máximo crítico.
–Justo. Hemos planteado a la dirección, con Roberto y Cristina a la cabeza, la posibilidad de hacer otro programa semanal paralelo a Segundos fuera, dedicado en exclusiva a la casa real. Empezaremos con simples anécdotas y habladurías, para que la audiencia esté cada vez más caliente y dispuesta a llegar hasta asuntos de mayor bochorno.
–Estáis locos. Cancelarán el programa en una semana, si no antes incluso de empezar. ¿No habéis recibido todavía ninguna queja oficial?
–En absoluto. Les habrá divertido tanto como a nosotros. Piensa que les interesa humanizar al Rey, y lo de la multa es algo que todos haríamos en su lugar.
–Habla por ti.
–Venga, no te pongas idealista. Si te cuento esto es porque necesitaremos gente para el nuevo programa, y he pensado en ti.
–¡Vuelves a estar loco! Sabes que no soporto la telebasura. Y también sabes que soy un republicano convencido. Conmigo en la redacción si que no pasamos de la primera semana.
–Precisamente por eso. En televisión está demostrado que se trabaja mejor repudiando lo que se hace. Aquí, salvo Cristina que se mete demasiado en su papel, nadie soporta la telebasura, y la mayoría somos más o menos progres. Esto es un teatro de variedades. Actuamos todo el tiempo.
–Ya, pero ni tengo experiencia ni estudié periodismo. No se cómo vas a poder colarme en la redacción.
–No, si te quiero como documentalista. Sólo tenemos uno por programa, y prefiere quedarse en Segundos fuera.
Solté diversas excusas sobre cuánto necesitaba pensármelo, y colgué. Javi me miraba al borde de la risa, que parecía aguantar por educación o tal vez porque no quería arriesgarse a que me negara a hablar del asunto y se acabara la chanza.
–Siempre será mejor que trabajar para el Opus –afirmó.
–Para el Grupo Tora –contesté–. Y no estés tan seguro. Ese programa no tiene ningún futuro. En este país no existe debate entre monarquía y república, tratar de fomentarlo desde la telebasura sería perder el tiempo.
–Es posible –masculló Javi mientras digería atropelladamente una porción de pizza calzone. En cuanto a mí, la llamada de Julio me había quitado el apetito–. Y es posible también que sea la mejor manera de abordar el tema, de que llegue a la gente. A mí me da igual una cosa que otra, pero la verdad es que se trata de un debate inexistente. No se habla de ello. Si acaso sobre esta tontería de la sucesión y la ley... te vas a reír, sé que no se llama así pero me viene a la mente ley fálica.
–Ley sálica, quieres decir –maticé con una sonrisa. Nunca pensé que sostendría una charla así con mi colega Javi, y lo cierto era que la había suscitado el programa de marras–. Impide que la hija primogénita herede el trono en cuanto tenga un hermano varón.
–Eso es. Dicen que van a reformar la Constitución para promover la igualdad en el acceso al trono. Para modernizar la monarquía, según un ministro. Es absurdo. No se puede modernizar una institución anacrónica como la monarquía, el propio concepto en sí es, cómo se dice...
–Un oxímoron. La unión de dos palabras cuyos significados son opuestos.
–Muy bien. A eso me refería.
Opinión expresa de mi amigo Francisco Javier Ruipérez, que jamás se metía en política, y solía jactarse de ello. Todo por la edición número 83 de Segundos fuera. Me pregunté cómo se titularía, en caso de llegar a existir, el flamante programa para el que Julio me había ofrecido trabajar.
Final de la sexta entrega.
3 comments:
"Nuestra" novela sigue tomando forma. Tras esta entrega no tengo ni puñetera idea de hacia donde se dirige, pero me sigue gustando. Sólo te pido una cosa: no la conviertas en otro pretexto para hablar de la causa republicana. Creo que los motivos por los que empezaste a escribir este texto no eran políticos. Para permanecer fiel al espíritu originario del texto deberías dejar la política en su justo lugar, como uno de los muchos temas que nos preocupaban, pero no el único. Coincido con Julio en que no veo el dolor, ni la inadaptación, ni la frustración que nos caracterizaba por ninguna parte. Tratar esos temas me parece mucho más intertesante que volver de nuevo a la carga con el debate republicano.
Te seguiré leyendo con todo mi interés. Un abrazo fuerte.
Tranquilidad que las cosas no van por ahí, de hecho yo mismo estoy disfrutando de lo escasamente político que me está saliendo esto. Sin embargo, y como bien has dicho, la política "era uno de los muchos temas que nos preocupaban", y así debe quedar reflejado en la historia, no es cuestión de obviarla a propósito para compensar lo que haya podido escribir en otra parte.
Respecto al dolor, haberlo haylo, aunque tal vez no se haga evidente a menudo. En todo caso yo voy teniendo otra perspectiva sobre el texto, ya que hay escrito bastante más de lo que aparece aquí; y por tanto quizá sea cuestión de tener paciencia y ver cómo se perfila todo esto con las entregas siguientes.
Gracias de nuevo por tus comentarios, querido Javi/Julio/Narrador :D
Yo sí intuyo hacia dónde va esto, más que nada porque hablamos en tiempos de tu proyecto aquél de describir la tele desde dentro (aquél que tenía por nombre un latinajo impronunciable), y parece que nuestro sufrido narrador va de cabeza a las fauces de la gran (pequeña) pantalla... Puede ser interesante. De momento esta entrega me reconcilia con el texto (del que alguna otra entrega me había distanciado) por esa especie de "costumbrismo freaky" que describes; de hecho quizá en lo menos pretencioso, lo menos representativo en principio, es donde me siento más representado. Eso sí: los personajes tienden a hablar con una única voz (aunque uno sea pedante y otro sólo suelte tecnicismos), y hasta muestran actitudes muy parecidas, casi indistintas... Si acaso, el que se va individualizando un poco es el tal Julio (qué pena no ser yo...). Es curioso ese fenómeno, e indica que vas en la dirección adecuada: que un personaje nacido de retazos de nosotros nos acabe pareciendo un personaje independiente, con su propia personalidad... Mi consejo: sigue ahondando en las diferencias, en el juego de voces.
Por lo demás, en la parte crítica (que no negativa), decirte que aunque me resulte divertido me cuesta imaginarnos tan freakies en un futuro alternativo (la Era de Apocalipsis ;P). Las conversaciones entre los personajes glosan lugares comunes de nuestro pasado, pero no parecen avanzar hacia una especulación razonable de nuestro futuro. Hay mucha frasecita ingeniosa (ese ingenio cáustico del que tanto nos rodeamos en otros tiempos, y cuyas aristas tú suavizas), pero sigue faltándome sustancia. Problemas más "adultos", si se quiere. Espero que todo eso llegue en la parte que estás escribiendo ahora.
Seguiré leyendo, yo también con atención. De todas formas, siento que nos faltó en tu última visita una conversación que sirviera de panorámica, de "debate del estado de la nación" del Conciliábulo. Sigue pendiente...
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