
Una gran ciudad europea, a principios de otoño. Podría ser cualquiera de ellas, porque todas cuentan con al menos una cafetería singular donde tomar café no es tanto un ejercicio cotidiano como un rito de iniciación a las entrañas de la ciudad. El local se distingue por su estilo neoclásico, las mesas sortean las columnas y el mármol predomina sobre el metal. Su santo y seña es el aspecto antiguo de establecimiento con solera y con raudales de sol por las ventanas. El café se sirve en porcelana y abunda en posos, que invitan a la adivinación. Es un café espeso y ligero a la vez, se bebe para pedir otro aunque con el primero haya habido bastante. La cafetería que nos importa ahora, tomada de sus decenas de cafeterías hermanas pero únicas, tiene como el resto las mesas bajas y los camareros con refinado delantal. Sus noches se llenan de jazz o rhythm and blues o soul o es todo a la vez, pero es el día lo que nos ha traído hasta aquí. Durante el día es lugar idóneo, ecosistema en el cual sobrevive una especie endógena de estos espacios artificiales. Para encontrarlo es suficiente con acerar la mirada hasta localizar el elemento indispensable, su amuleto vital: el cuaderno. Lo localizamos en la esquina llamada de los amantes, según se entra a la izquierda y al fondo, donde la luz llega debilitada por los reflejos. Por qué busca la escasa oscuridad no lo sabemos; su cuaderno yace clausurado junto a él, y eso basta para reconocerlo. Sentado en el sofá azabache como la obsidiana que ribetea las paredes, de espaldas a la calle, tiene enfrente suya a un amigo que escucha con la misma atención que prestaría a un incendio: no puede apagarlo ni tampoco dejar de observar su avance. No tiene remedio. Se trata de un escritor.
–La idea surgió a partir de un relato de juventud que, con ese prurito por el uso del latín, a medio camino entre la solemnidad y la pedantería, titulé Tempus fugit.
–Has pronunciado la "g" aspirada, ¿no?
–Cierto. Se pronuncia así en latín. Es el colmo de la pedantería, lo sé.
–O de la solemnidad.
La cita es el jueves al caer la tarde, en el Central. No importa si a alguien le resulta imposible acudir o llega con retraso, no es necesario avisar. Quien se presenta en primer lugar toma asiento, pide un café (cortado para Adrián, descafeinado de máquina si se trata de Julio, manchado en mi caso) y aguarda al resto distrayendo la espera con miradas a la cambiante clientela, a los también cambiantes camareros, al periódico o al libro de rigor. Puede suceder que dos falten, entonces el tercero aprovecha el momento de sosiego para saborear el café, sólo, dándole vueltas a sus pensamientos. Que podamos o no presentarnos los tres añade incertidumbre al encuentro, lo aleja de la rutina para la que sirve de antídoto y permite que no acabe asimilándose a la némesis de su propósito. Nada haría cambiar la ceremonia diseñada para interrumpir el tedio: cada jueves, alrededor de las ocho, en el Café Central. Lo decidimos así después de la primera ausencia: fue Adrián quien faltó la última semana de octubre, mes inaugural de nuestra minúscula tertulia. Tres amigos de provincias instalados en la capital en años sucesivos (desde Adrián dos años atrás hasta mi traslado en agosto de 2005), ávidos de disponer de al menos una oportunidad cada siete días para verse y disfrutar de la común complicidad. Pero pretendo convertir en literatura lo que sólo fue un intento por reproducir en Madrid aquello que nos había unido antes en nuestra común ciudad de origen: una tertulia pretendida y pretenciosamente literaria que sí dio lugar a auténticas polémicas sobre autores y sus obras, una tertulia que llegó incluso a publicar su propia "revista de literatura y crítica" con edición electrónica accesible en el blog correspondiente. Entre nosotros tres, por el contrario, el acuerdo aun con matices dominaba las conversaciones sobre libros (misma edad, gustos similares) y los intentos creativos quedaban reducidos al penoso empeño por escribir del aficionado a la leche con mancha central de café.
–Entonces, dime de qué trata ese Tempus fugit tuyo con tantas aspiraciones –inquirió Julio tras devolverme mis palabras envueltas en sarcasmo, ocho y media de la tarde del último jueves del mes de octubre.
–En realidad, parte de un relato que escribí para la tertulia –respondí, haciendo referencia al desafío literario que fuimos abandonando a medida que nos mudamos de ciudad. Consistía en proponer un tema común sobre el que escribir un máximo de una página, así cada dos semanas. En esa ocasión la temática elegida fue la ciencia-ficción, con el requisito improbable de evitar toda alusión a los tópicos del subgénero conocido como space opera: naves espaciales, planetas por explorar, guerras interestelares. Creí que Julio habría leído mi página en su momento, pero lo negó mientras sumergía el rostro en la taza de café a modo de disculpa–. Resume las peripecias de un funcionario gris en un mundo aún más gris donde el tiempo se acelera progresivamente. Quiero decir que el día se hace cada vez más corto, con los inevitables cambios que supone en la compartimentada vida del personaje. Al principio el tiempo se acorta de forma casi imperceptible, únicamente las máquinas actúan en consecuencia en una sociedad automatizada hasta el extremo. La narración está repleta de referencias al tiempo (en los relojes que hay por doquier, verbigracia) y el funcionario es tan calculador y metódico que divide sus quehaceres en las franjas de tiempo necesarias para llevarlos a cabo. Sigue su obsesiva disciplina incluso en las tareas más simples como asearse o comer, en reflejo de la milimétrica estructuración de su trabajo en un Ministerio público. Por lo tanto, puesto que contabiliza el tiempo constantemente, el protagonista será de los primeros en percibir el cambio, la inexorable aceleración temporal.
–Interesante. Pero, ¿te dio tiempo a contar todo eso en una sola página? –con su pregunta Julio jugaba con el argumento de mi propio relato. Sonrió como hacía antaño, cuando él también escribía y los piques eran frecuentes. Ahora limitaba sus energías a animar mis propósitos literarios, absorbido como estaba por su trabajo en televisión, tan deprimente, según él, que le impedía concentrar su creatividad en nada más, si acaso un breve y frustrado intento de guión cinematográfico que acabó en la papelera de reciclaje de su portátil.
–Sí, aunque aceleradamente, valga la ironía –repuse–. Por eso decidí que merecía ampliarse: primero en unas páginas más y después, a medida que pensaba en ello, hasta convertirse tal vez en novela.
–Escucha –interrumpió Julio justo antes de apurar su descafeinado de un trago rápido–. El próximo jueves tienes que contarme todo acerca de esa idea. Y mientras tanto, no te olvides de enviarme el relato original para que pueda leerlo.
–Está en el blog de la factoría –dije con un punto de irritación en la voz, debido más a su temprana marcha que al olvido en relación con la factoría. Así denominábamos a la versión digital del experimento literario colectivo surgido de la antigua tertulia.
–Claro, qué despiste. Lo siento, pero Arturo me espera desde hace casi media hora. Tengo que irme.
–Ya veo.
–Es una lástima que no haya venido Adrián. Me sabe mal tener que dejarte tan pronto.
–No te preocupes. Con él dudo que hubiera seguido hablando de este asunto.
Volvió a sonreír. Dejó una moneda de dos euros sobre la mesa, se colocó la gabardina y me dio una comprensiva palmada en el hombro al marcharse. De los tres el único que se preocupaba por su aspecto, el único que usaba gabardina en el Madrid seco y aún caluroso, un mero capricho estético. Julio San Sebastián, amigo y guionista con nombre de galán de cine, una rareza de la periferia que enseguida encontró acomodo en la capital del reino. Más bajo que yo pero más esbelto, atractivo y homosexual (o cuando menos bisexual, como él pretendía). Pulcro, educado, un tanto dandy, demasiado refinado en mi opinión. Pero un amigo en quien confiar como mínimo una vez por semana, desde luego.
Final de la primera entrega.
5 comments:
Bueno, bueno, bueno. Lo que he leído hasta ahora me encanta. De hecho espero (necesito) que esto siga hacia adelante. ¿Dónde lo cortarás?¿En la derrota? ¿O en la trascendencia? Me parece una forma estilizada y hermosa de contar nuestra amistad. Por cierto, a pesar de usar gabardinas en otoño no soy homosexual ;-)
Lamento no haber podido ir esta tarde, mis obligaciones con el Partido (ya sabéis, la revolución pendiente y todo eso ;-P) me han absorbido más de la cuenta. Pero yo también aplaudo que te hayas decidido a contar nuestra historia, a asumir ese necesario rol de cronista (sentimental) de nuestro pequeño grupo, antes de que el tiempo y las derrotas nos roben hasta el recuerdo de lo que fuimos (o, mejor, de lo que quisimos ser). Precisamente, recuerdo que ese rol nos lo hemos ido pasando a modo de relevo, desde prácticamente el momento inicial de nuestra amistad, cuando fuimos conscientes de que formábamos algo mucho más indisoluble que un simple grupo de amigos, algo que merecía la pena ser contado... Espero que tú también te acuerdes, y lo reflejes debidamente.
Estaré en el Central el próximo jueves, para que podamos recordar juntos.
Un abrazo,
Adrián.
Bueno chicos, debo confesar y confieso que habéis conseguido emocionarme con vuestra sinceridad. Empecé escribiendo esto como un divertimento (como casi todo lo que escribo, al menos en primera instancia), no imaginaba que tocaría tanto esa fibra sensible de la nostalgia. Por mucho que pasen los años y por mucho equipaje que nos dejemos en el camino, siempre habrá un Café Central o una Bohemia donde encontrarnos.
Un abrazo como el que nunca nos dimos.
Por cierto, hay una divertida confusión en el juego de identidades propuesto (confusión que buscaba, por otra parte): es posible que Julio sea Julio, aunque no del todo, en cualquier caso sería medio Julio (?); pero Adrián no es quien dice ser (la referencia es más obvia y cercana en el tiempo). Porque... ¿no pensaréis que el narrador soy yo, verdad?
PD: invito a unas cañas al que resuelva el galimatías.
Si Adrián no es Adrián... ¿quién vengo siendo?
En cualquier caso: "chacho, ma llegao!"
Un abrazo como el que siempre quise daros.
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